siempre hay algo que contar...

jueves, abril 14, 2005

solfeo...

Estudié solfeo a distancia a través de tus ojos. Cada vez que se movían, se abrían o se cerraban, aprendía una nota. Y así los traduje en un millón de partituras. Siempre de lejos, compuse melodías cara a la pared, castigado en el aula anexa a tu mirada. Vacío y autodidacta, cultivé las escalas sonoras de tus párpados en contacto con el aire. De allegros en tus sonrisas y de requiems en tu pesar. Sin tutora y sin manuales eduqué en la vista todo lo que otros educan en el oído. Me perdí en temarios que nadie me asignaba. E inventé sonidos antes inconcebibles. Siempre remoto en tu cara a cara, me salté la reválida que incluía la cercanía. Triste alumno. Triste asignatura. Y así te cursé, año tras año, repitiendo las lecciones que dictaban tus pestañas. De ahí deduje que pupilo era el que estudiaba absorto en tus pupilas, que nunca supe dilatar. Sostuve hasta deformarlas todas las sinfonías. Y no pasé ni una criba. Ni un maldito examen superado, exhausto, dormido sobre el pupitre de tus cejas arqueadas. Es normal, nadie apuesta jamás por el músico inaudible, sin un repertorio que llevarse a la boca. Me convertí así en el lutier de tus sentidos. Y concebí con ellos instrumentos imposibles que sólo yo sabría tocar. Estudiante fracasado. Maestra indecisa. Y acabé la carrera sin cruzar la meta, extraviado, a medio camino entre todas tus materias. Sin un diploma de compañía ni un triste título correspondido. Abatido, incineré mi cuaderno de grises partituras. Con todo lo compuesto y con todo lo que quedaba aun por componer. Y al final, ya ves, tan entregado y tan poco instruido. Así suspendí. Y suspendido, entre tu mirar y el viento, suspiro que me aleja, decidí estudiar poesía a través de tus labios. Y en eso estamos. Cada vez que se mueven, se abren o se cierran, a distancia, aprendo un verso.