una vida fascinante...
Tengo un patio pequeño con tortugas, y tiestos, y gnomos de terracota. Vamos, lo normal. Una fachada con ranas, soldados romanos, cariátides en tanga y logos de Nestlé. Lo típico. Tengo un pasillo de luciérnagas que me ahorran en luz y escarabajos peloteros que recogen el polvo y la mierda y me ahorran en lejía. Seis antorchas-barbacoa donde se fríen los mosquitos que alimentan a las ranas que son un poco tiquismiquis en su gastronomía. Y tengo un techo de estrellas fosforescentes, con cortinas de macramé y pelo de elefante que asustan a las abejas, y estalactitas de caramelo que voy lamiendo si me entran bajones. Una cocina con un huerto en la encimera y una granja en la despensa y una incubadora en el horno. Y ella misma se gestiona y se sacrifica y se cocina sola. Y siete pingüinos porteadores me llevan a la mesa suculentas viandas sin que yo tenga que hacer nada, ni elegir menús ni abrir la nevera donde está la piscifactoría de Doradas con abriguitos pequeños sin mangas ni bolsillos. Y a veces patinan demasiado y hay comida por todo. También tengo un baño, de baldosas de coral, con ducha y una bañera repleta de nenúfares. El espejo es el ojo izquierdo de una orca gigante que vive al lado, y aprovecho para peinarme sólo cuando ella pasa y se detiene ante mi pequeña ventanita presurizada. Y es que ella, igual que mi ventanita, es cotilla. Por eso me mira, y me confunde con plancton, y lame el cristal con una lengua tan grande como mi edredón de enredaderas. Así vivo, y no me aburro para nada. Cuando tengo frío, cuelgan de mi, con su adhesión retráctil, martas y zorros que escaparon de la máquina de hacer abrigos. Mutan de guantes a bufandas en un instante, paseando por mi espalda, y torso, y cabeza, haciéndome cosquillas diminutas que me erizan la piel. Y así, todos reímos cuando eso sucede. Y duermo, con la profundidad de las fosas abisales, sobre un colchón de medusas de las que no pican. Yo les doy calor, y ellas me dan ternura de sal y gelatina, mesando mi pelo con sus entrañables flagelos. Apoyo mi cabeza en una enorme y elástica tela de araña que mis viudas caoba tejieron con mis iniciales. Y me dejo. Y muero así cada noche. Y no sueño, porque tengo todo lo que necesito. Una vida normal en un mundo fascinante.
0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home