la locura...
A veces renacemos. Porque a veces morimos. No es complicado. A veces colapsamos. Son procesos similares en situaciones diferentes. Cada uno con propia crudeza y su propia duración. A veces minutos. Y a veces años. Dicen que hay gente que, incluso, toda la vida. Me pregunto cómo debe ser el colapso definitivo. Aquel que ya no superarás. El que cierre puertas y ventanas y oscurezca tu alma para siempre. ¿Cómo? ¿Será como un latigazo? ¿Cómo cuando sientes romperse un hueso pero multiplicado por mil? ¿Cómo una implosión tan brutal que te suma en la locura? Si cada pequeño colapso lleva consigo tremendos procesos analíticos y un considerable grado de tristeza, no imagino el efecto desbordante del gran colapso. Imaginad. El ataque de pánico más devastador que el hombre pueda imaginar. La ansiedad puntual capaz de generar tanta energía que desconecte e inutilice todas las conexiones que nos permiten vivir enjuiciando lo que nos rodea. Quizá después, invirtiendo el dolor sufrido, llegue la calma total. Quizá una vez desconectado te conviertas en alguien inmune a todo padecer. Puede que sí, que cruzada la frontera ya no exista el sufrimiento. Y así, pasen los sentimientos a un papel tan secundario que ya no vuelvan a aparecer a lo largo de nuestra rutina. Ello, con sus consecuencias, que no se me antojan tan negativas. Quizá perderíamos la capacidad de sentir alegría y de valorar en grados la felicidad de cada instante. Y el poder de enmudecer ante la gratitud de un corazón, o una mirada, o ciertas palabras. Puede que no volviéramos jamás a sonreír ante la mueca exquisita de un niño, o ante la torpeza de un animal desubicado. Puede que no volviéramos a conmovernos ante la plenitud de un beso, ni volviéramos a cerrar los ojos cuando nos tocan el corazón. Supongo que ya nada ni nadie nos tocaría el corazón. Puede que perdiéramos para siempre el llanto y la voluntad, ajenos al devenir de todo sentimiento. Pero siendo así, lo mismo sucedería al contrario. Y puede que resultara rentable. Renaceríamos inmunes a las torturas cotidianas. Seríamos libres de los absurdos tormentos que nosotros mismos nos infringimos. El miedo y la angustia perderían su poder, y los días negros, al igual que los rosas, pasarían a conformar un gris estable y quizá más llevadero. No nos sentiríamos morir ante cada rechazo, ni nos abandonaríamos a los reprochables criterios del orgullo y la pasión. Sí. Desprovistos de emociones, seríamos menos vulnerables a los constantes ataques del día a día. Inmunes a la injusticia, al dolor y al miedo. Sin sentir las puñaladas de las pócimas que recorren nuestro padecer interno. Sin derrumbarnos, sin inculparnos y sin cuestionarnos.
Al fin y al cabo puede que, llegados a cierto punto, la locura no sea una condena sino una absolución.
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