memoria comun...
Nos despedimos sin siquiera mirarnos a la cara. Como dos cualesquiera en la tétrica cola del estanco. Sin guiños a lo vivido ni esquejes de los reproches que quedaban por insinuar. Al fin ya al cabo, las personas no nos importan más que en las parcelas en las que convergen con las nuestras. Lejos de esa convivencia interesada, nos dan igual. Nos da igual lo que les pase, nos da igual el modo en el que sufran y la forma en la que se entusiasmen. Aunque a veces parezcamos vigorosamente interesados, no nos importan en absoluto sus sueños ni la distancia a la que éstos estén de sus manos o de sus moribundas quimeras. Ya tenemos bastante con lo nuestro y con aquello que hacemos nuestro. Los demás, son sólo periferia. Satélites que orbitan a lo largo de nuestra galaxia, con mayor o menor cercanía y con mayor o menor influencia. Por eso, al despedirnos, al decidir abandonarnos, nos convertíamos en material obsoleto para la construcción del futuro del otro. Roto el presente y vacío el futuro, recordábamos que el pasado es lastre y que el lastre debe arrojarse para poder avanzar. Por eso, en un instante, en la ínfima dosis de presente que se iba consumiendo, ya no éramos y ya no importábamos nada. Sólo teníamos una cosa en común: urgencia y prisa por quitarnos de en medio. Urgencia generada en la piel, en el habla, en la vista y, sobretodo, en el subconsciente. En aquella fosa por la que drenamos lo que se nos antoja inservible. Bien pensado, la despedida había tenido lugar tiempo atrás. En el preciso momento en el que nuestras ilusiones y nuestras esperanzas comenzaron a decirse adiós. Lo demás, lo de entonces, era sólo parte de la manida burocracia sentimental. Del violento trámite que exigen las incomprensibles pautas humanas. Sin duda, seguro que las hienas, los gatos, las amebas y los helechos, no perdían tanto tiempo en intentar justificar y maquillar sus ausencias. Simplemente, se marchaban o llegaban, sin más preámbulos y sin más torpezas. Por eso no nos despedimos sino que sólo nos alejamos. Sin mucho ruido y sin muchas palabras. Sin más miedo que el acumulado. Y sin más parafernalia que la de empezar a caminar, sabiendo que a cada paso, como los paisajes otoñales, nos íbamos despoblando de la memoria común.
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