supermal...
En el albor de un nuevo milenio, cuando asoman los primeros destellos de una cultura caótica y desangelada, ante la inminencia del colapso de la raza humana, nace un nuevo superhéroe. SUPERMAL, el superhombre en mayúsculas, el héroe definitivo llamado a contrarrestar los excesos de una sociedad desquiciada en su búsqueda de la perfección. SUPERMAL supone la antítesis de todo lo hasta ahora conocido. El héroe más humano, más cotidiano, más de ir por casa. Cuando ya nadie vale nada si no le sale todo bien, llega nuestro salvador decidido a imponer el reinado del hombre imperfecto, torpe, nimio en suerte y poderes. SUPERMAL viste zapatillas de felpa a cuadros escoceses, slips rotos y ajustados, medias rojas de lana, camiseta imperio y gafas de culo de vaso. Ya nos hemos cansado de ídolos impolutos, de absurdos semidioses cuya único objetivo es ser mejor que los demás, más fuerte, más bello, más poderoso. SUPERMAL no da una, y eso lo hace especial. Lejos de criptoníticas miradas láser, SUPERMAL no ve un teletubbie a dos metros, se desplaza despacio, casi arrastrándose y es suficientemente listo como para saber, tras un primer intento, que nunca podrá volar. Lejos de la ficción, nace el héroe real, de carne, mucha carne, y hueso. Aquel que se trastabilla al perseguir a un ladrón, el que se queda sin aliento a la quinta zancada, el que es incapaz de mover cualquier objeto de más de cinco kilos. Su poder es la torpeza, su arma; el error. SUPERMAL; sin intuición, sin instinto, sin glamour, pero con un gran futuro. El futuro reservado al hombre que no vale nada, a aquel que, por fin, sí nos representa.
Preparaos villanos magnánimos y agraciados, apolíneos y virtuosos. Vuestra hora está cerca, muy cerca.
SUPERMAL. El perdedor universal. El héroe mediocre y defectuoso. El titán de una humanidad que acepta sus limitaciones.
SUPERMAL. Gracias por venir. Estamos contigo.
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