todos...
La historia trazó una línea que separaría a los hombres, sus sueños y sus fronteras. La marcó a fuego, con el cruel temperamento del que ejecuta una orden en la que nunca ha creído. Una línea gruesa e infranqueable tras la cual se asentarían las bases de toda injusticia. Un plan macabro pero, según algunos, necesario. Era simple; unos lo sacrificarían todo para que otros gozaran de la más amable existencia. A unos se les adjudicaría la penuria como hábitat natural. La miseria estructural y la negación de toda esperanza. A los otros, la libertad. La posibilidad en mayúsculas, la elección de sueños y propósitos. La garantía de un futuro aun por escribir. Así, definidos los segmentos, se apresuraron a llamarlos Primer y Tercer mundo. Obviaron un Segundo para marcar aun más la diferencia entre ambos. Establecieron que la vida de las personas del Primer mundo valdría mucho más que las del Tercero. Y así, sus problemas serían mucho más importantes, sus tragedias más dolorosas y sus necesidades, aunque infinitamente menores, más preocupantes. Los de la mitad marginada, verían desvanecerse sus deseos agrietándose en tierra seca. Su única meta sería la supervivencia. Un vivir parcial y un diluirse por completo. Como sucede en la luna, la cara oscura de la tierra se vio privada de voz y de voto. Sin capacidad de expresarse o de darse a conocer. Un transcurrir hacia atrás, tan decadente que llegó a doler a los ojos desacostumbrados. Y dolió tanto que aquellos ojos terminaron por cerrarse. Decidieron que dejar de mirar era la mejor forma de olvidar aquel desastre que habían generado. Sin duda, se les escapó de las manos. Aturdida, la historia lloró ante semejante infamia. Lloró e intentó borrar la línea inicial. Pero ya era tarde. Uno de los mundos, ya cerrado a cal y canto, no aceptó ningún retroceso. Prometió a la historia que se encargaría de todo y velaría por el mundo desatendido. Pero, obviamente, no lo hizo. En ese punto la sinrazón alcanzó su máxima fortaleza. Unos tenían riqueza, poder, progreso, alimento, presente y porvenir. Los otros, en cambio, no tenían ni nombre. Por eso se cansaron, como se cansa todo ser de morir sin motivo. Se cansaron de aquella condena sin juicio ni delito. Y entonces se levantaron. “Ya que tanto os gusta la muerte, muramos todos”, dijeron. Con toda la rabia, el valor y la fuerza que otorga la sinrazón, vinieron a por nosotros. Y nos hicieron daño, sin importarles cómo, ni cuándo, ni a quién, igual que a nosotros no nos había importado. Y no lo entendimos. Entonces, el mundo predilecto se dirigió a la historia para pedirle explicaciones. Todos clamaron, lloraron y maldijeron. Pero la historia, aun resentida, nos giró la cara. Sin duda, nos lo habíamos merecido.
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