ultimatum...
El corazón me dice que le de una tregua. Que si sigo acumulando tanto que reprochar, será incapaz de digerirlo y se atragantará. Me dice que necesita escapar, un tiempo. Y me asegura que lo hará, con o sin mi. El corazón me dice que actúe más y piense menos en cómo debería actuar. Me recuerda que son de papel mis cadenas y de algodón las nubes que acumulo en mi horizonte. Que basta con un soplido, valiente y certero, para reconquistar la luz que hoy veo agonizar. Me mece y me aconseja que, de seguir dando vueltas, puedo marearme. Y aturdido, enfermar. Y enfermo, rendirme. Que nada vale tanto la pena como para enfundar la ilusión. Y me advierte, que de seguir así, corro el riesgo de consumirme. El corazón me dice que el presente sólo es hoy, y el futuro un inmenso camino que se esconde tras el velo de un simple gesto sincero. Me demuestra que la puerta está tan cerca como parece y que no todos los techos saben crear hogar. El corazón me pregunta por qué estoy petrificado, por qué no parezco capaz de liberar esta carga, por qué motivo he aceptado una nueva glaciación. Me dice que, de algún modo, estoy traicionando mis días, mis formas y los cimientos del modo con el que juré avanzar por la vida. Que estoy, quizá sin saberlo, hipotecando las reservas donde guardé la alegría. Que, como la piel, la sonrisa también se acartona. Y que aun soy muy joven como para renunciar a soñar. Me zarandea para ver si así despierto. Me asegura que no soy yo, ni él, los que dibuja este perpetuo gesto de ausencia. Que sólo es la máscara que me impuso el desazón. Y que basta un dedo, o una palabra, para deshacerme de ella.
El corazón me mira y siente lástima de lo que ve. Por eso, exige que me revuelva, que pelee, que levante la cabeza y que salga de este charco donde se pudre y fermenta la esperanza. Dice que, por ahora, tome esto como un consejo. Que más adelante, si no le he hecho caso, acepte su ultimátum.
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