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La tarde cae a trompicones sobre las playas de Tulúm, el sol se descuelga por las palmeras y desaparece al son de un magistral silencio caribeño. Los últimos pelícanos abandonan la costa conscientes de que sin luz pocos peces divisarán en sus descensos en barrena. La gente emerge del agua en un pacto tácito por no interferir en la labor de los noctámbulos predadores; mantas inmensas y escualos curiosos que toman la zona. Resultan menos temibles de lo que creemos pero más de lo que estamos dispuestos a averiguar. Horas antes, en un embarcadero derruido que se adentra varios metros en la laguna de Cobá, descubrimos perplejos que bastan unos ligeros golpes de vara sobre el agua para atraer a los cocodrilos. La excitación te muestra seres tranquilos e incluso entrañables. La leyenda, en cambio, te obliga a retroceder enmudeciendo ante el crepitar de aquellas tablas carcomidas. Un indígena aparece y, como quien cuida de su mascota, les ofrece, ensartado en aquel palo, un pedazo de pollo; "mejor tenerlos sin hambre", afirma tajante. Así nos despedimos, dudando que aquella miasma sacie a un dinosaurio de tres metros que, a nuestro paso, nos dedica su sutil e indiferente mirada flotante.
Durante el camino de vuelta a Playa del Carmen recordamos que en las chabolas que pueblan los límites de la selva en el estado de Quintana Roo reina la subsistencia en su concepto más primario. A diferencia del nuestro, su "todo incluido" implica dosificar a diario el pan de trigo, implica mosquitos que transmiten la malaria, boas y derivados, inmensos escorpiones negros que descansan en sus tejados de paja, la hermosa Goliat, reina entre las tarántulas, e implica dormir suspendidos en hamacas para evitar las visitas de casi todos los anteriores. Tampoco en las ciudades el panorama es más halagüeño. Aun siendo menor el riesgo de que un jaguar los elija de almuerzo, no es menos dolorosa la mordedura incipiente de las corruptelas administrativas. El escalón social hace tiempo que se rompió dejando un abismo insalvable entre unos pocos y la gran mayoría. En la carretera, un billete de 200 pesos solivianta cualquier tipo de problema burocrático con la ley. Y en la costa, la aparición esporádica de fardos y la inexplicable reducción de su tamaño según pasan de un cuerpo administrativo a otro te encomienda a no mirar, no hablar y no saber.
El parque natural de Xel-Ha supone un acercamiento a un hipotético paraíso. El descenso del río, a nado, comienza bajo el impresionante paraguas de un frondoso manglar; una cortina de raíces que se adentra en el agua entre el miedo a lo desconocido y el misticismo de lo salvaje. Bajo nuestras piernas, un grupo de peces loro parecen observarnos con una curiosidad equivalente a la que generan en nosotros. Todo deviene en formas y colores sublimes ante la brumosa pantalla de nuestra máscara de buceo.
Así transcurren los días, inmersos en un idílico compaginar de tequila, arena y restos arqueológicos. Todo el decorado parece ponerse de estreno a nuestro paso; la pirámide de Chichén Itzá, el pomposo boato de Cancún, los cenotes, el arrecife de Cozumel,… Tras cada pequeño o gran descubrimiento, florece la idea que enmienda la idea con la que llegamos. Todo es mejor de lo que esperábamos lo que nos hace esforzarnos aun más en disfrutarlo y retenerlo. Unos magníficos tacos de camarón y una buena bandeja de totopos con guacamole suponen el último recuerdo de un edén que, aun hoy, mientras avanza su explotación, es absolutamente recomendable.
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