siempre hay algo que contar...

lunes, febrero 19, 2007

senti frio...

Sentí frío. Ladeé la cabeza para comprobar si aun tintineaban los cascabeles de mi miserable sombrero de arlequín. Me fui a la barra. Bebí despacio, leyendo el futuro en los borrones del suelo. Ladré mis historias a nadie como ladran a veces los perros a través de los muros. Nombres y materias en cíclica descomposición fluían entre humo del Rif y espuma de Estrella. El tiempo se sumió en una huelga de hambre y no me importaba. Por mi como si explotaran de golpe todos los relojes. Por mi como si se cayeran por lastre los colores de todas las putas banderas que desfilaban por la avenida. Busqué el asilo del cenicero, puede que sólo ahí encontrara la cercanía ya olvidada de algún trazo de carmín. Y como un tonto me vi montando origamis absurdos con las colillas: un zorro cojo, un árbol quemado, una cuchilla de afeitar oxidada, un pájaro muerto, una pirámide vacía. Sorprendí a Jesús observándome perfectamente contorneado en una mancha de café. Pensé que sería una buena foto para impulsar la economía colombiana; "Café de Colombia. Divino". Aunque presentía que la calle se iba poblando de alienígenas, no les prestaba atención. Así desistirían en sus cansinos intentos de abducirme. Hice gárgaras. Eso los mantiene alejados. Sentía espasmos cada vez que me sorprendía furtivo en el espejo de la columna. Maldita luz cenital. Malditos espejos. Si algo sobra en este mundo, son los espejos. Todos tenemos espejos pero sólo una minoría se sienten orgullosos de mirarse en ellos. Vaya estrategia nos colaron los muy cabrones. Los espejos deprimen a la gente, desnutren a las adolescentes y engordan a los cirujanos. En fin. En un instante me encontré rodeado. Me rozaban, me tocaban, me miraban y compartían sus voces, alientos y olores cerca de mi. El frío de un tiempo atrás había mutado en un calor abrasivo. No tenía más remedio que escapar. No cedería. No interactuaría. Jamás podría formar parte de ellos ni de su macrosistema. No lo elegí, pero así vino. Y así seguiría siendo. Existe un pequeño pasillo que une la razón y la locura. Aunque estrecho y oscuro, no se vive mal en él.