siempre hay algo que contar...

viernes, abril 27, 2007

columpio...

El columpio se acerca y se aleja, se acerca y se aleje, enfocando y desenfocando desde un primer plano del chaval hasta un bodegón vacío de charcos y arena. Cada columpio tiene su charco y en él se deposita el reflejo de las miles de personas que se han balanceado. El sistema es rudimentario pero efectivo. Un pequeño asiento formado por cuatro barras de hierro planas y rectangulares unidas en sus extremos y dos cuerdas que las sujetan permitiéndoles oscilar. De ser primerizos hay que saber que la ubicación correcta para el inicio es situarse de pie dando la espalda al aparato. Un acercamiento distinto puede conllevar resultados grotescos y humillantes. Bien ubicado, el usuario, comúnmente un niño o un borracho, se sienta, se impulsa con las piernas hacia atrás y aumenta la velocidad ejerciendo presión con las manos en dirección contraria al avance de las cuerdas en tensión. Así se mece. A mayor velocidad, mayor altura. El peso también influye pero como los más pesados suelen ser también los que mayor impulso consiguen, las fuerzas se equilibran. Cada avance va acompañado de su correspondiente retroceso y ahí, supongo, reside la diversión. Una vez cansados, hay tres formas principales de abandonar un columpio, cada una con sus coyunturales ramificaciones. La primera, y obvia, reside en dejar de ejercer presión sobre las cuerdas. El balanceo remite lentamente hasta detener el artilugio y permitirnos bajar de él con la mayor dignidad. Recordad: este es el único sistema que garantiza el completo éxito de la operación. El segundo sistema, más brusco pero bastante fiable, consiste en modificar las dosis y los intervalos de la presión manual decelerando a nuestra voluntad el vaivén. Por ejemplo: cuando avanzamos hacia atrás casi paralelos al suelo, flexionamos con fuerza, en un movimiento rápido y seco, las cuerdas hacia delante rompiendo así la lógica evolución del trazado. En ese instante se corta el impulso destinado a la posterior parábola de subida y el columpio aminora. ¡Ojo! Este sistema, mal calculado, puede provocar no sólo una modificación de la velocidad sino también del trazado. El asiento puede proyectarse lateralmente con el peligro de impactar contra las barras metálicas que sujetan el engranaje o contra el asiento colindante y su ocupante en caso de haberlos. La tercera modalidad y sin duda la más singular se centra ya no en el paro sino en el abandono. El sujeto aprovecha una de las oscilaciones para proyectar todo su cuerpo y salir despedido del asiento. Bien. Esta forma conlleva una infinidad de peligros que pasaremos a enumerar. No hace falta mencionar que el impulso de abandono debe ejecutarse cuando avanzamos hacia el frente. De hacerlo al revés corremos el riesgo de acabar con la cara en la arena o lo que es peor, en el charco. Sabiendo eso, debemos prestar atención al momento y a la fuerza de la proyección. La velocidad a la que avanzamos es directamente proporcional a aquella con la que saldremos despedidos. No lo olvidéis ya que de ello dependerá la altura y duración de nuestro vuelo. Por otra parte, en vuelos cortos, es recomendable abandonar con rapidez la zona de aterrizaje evitando así el engorroso trance que podríamos denominar “colleja metálica”. Éste se da cuando habiendo tocado suelo esperamos lo suficiente como para que el asiento haya tenido tiempo de completar un nuevo recorrido y vuelve resentido hacia nuestra cabeza con el claro objetivo de desnucarnos. Los vuelos largos, a diferencia, salvan este problema pero incluyen otros no menos desdeñables como es el de estamparse con cualquiera de los elementos que existan diez metros por delante de nosotros: personas, perros, bancos, farolas, fuentes, árboles, papeleras u otros objetos de diversión tales como el castillo de tubos de hierro o el caballito balancín. Por último, para aficionarse a este sistema, que aunque peligroso sí resulta más vistoso y genera una mayor admiración social, deberemos practicar el aterrizaje. El más correcto consiste en tocar tierra recto, nivelado y flexionando levemente las rodillas para una mejor absorción del impacto. De todos modos, ya sabemos que conocer la teoría no siempre garantiza el éxito. Famosos aterrizajes alternativos y no deseados serían el “mal contrapeso” (la cabeza avanza más que las piernas por lo que al caer de cara ponemos las manos y nos las despellejamos) y la archiconocida “croqueta” en la que la descompensación es lateral provocando un costalazo seguido de varias vueltas de campana. En este último caso, se recomienda levantarse, fijar la vista en el suelo y abandonar el parque a la mayor brevedad posible conteniendo toda muestra de dolor.

En fin. Estos han sido los consejos de hoy. Espero que nos ayuden a perder el miedo y nos permitan encarar alegremente alguno de los cientos de columpios que pueblan nuestras ciudades.