siempre hay algo que contar...

jueves, octubre 23, 2008

empezaremos (2)...

La tormenta había desperezado el paisaje. Su reflejo jugaba a diseccionarse entre los charcos mientras él caminaba absorto y, de algún modo, correspondido. -¡Buenos días helecho!, ¡Buenos días graffiti!, ¡Buenos días Señora Mirlo, ¿qué tal los críos?!- El cielo se había abierto y ya no quedaba rastro de aquella cúpula gris que nos pone Dios cuando hace cosas que no quiere que veamos. El mundo se había hidratado y todo era más brillante, más hermoso y algo menos liviano. Caminaba por la plaza como si no la conociera, como si fuera la primera vez, como si no llevara 30 años tropezando con aquella tapa de alcantarilla mal ajustada. Era como si le llamara cada mañana; "Asómate. Baja. Ven al infierno a jugar a la comba". Pero a él no le atraía la comba, ni el infierno, ni los desahogos divinos, ni la mayor parte de la gente. Prefería los animales, los vegetales, las perspectivas y todas las cosas inertes incapaces de verter opinión alguna. Cada mañana bordeaba la plaza y se sentaba en su banco de siempre, aquel desde el cual podía observar las intimidades de seres y edificios. Sacaba de la chaqueta un viejo cuaderno de notas de tapas amarillas y escribía las frases románticas que no tenía a quién dedicar. Un día, pensaba, quizá resulten útiles. De camino hacía la última hoja en blanco, sus ojos repasaban reflexiones anteriores. Alguna de ellas le provocaba una sonrisa, otras un sonrojo y las demás una sensación de absoluta melancolía. Por su contenido, sabía perfectamente en qué época las había escrito y cómo se sentía entonces. Quitaba con los dientes el tapón de su bolígrafo negro y se imaginaba enrolado en una historia apasionada. Entonces se sabía valiente, seguro y afortunado. Miraba a los ojos de una perfecta nada y empezaba a escribir: "Si supieras cuánto te quiero, creerías que estoy enfermo".