siempre hay algo que contar...

jueves, octubre 16, 2008

empezaremos...

Empezaremos imaginándonos una tempestuosa mañana de noviembre. Sábado. Un día de esos en los que al abrir los ojos y mirar por la ventana eres incapaz de predecir qué hora es. Empezaremos imaginándonos que la bruma entra en las casas y las nubes forman una cúpula impenetrable a la luz y al color reconocido en otros amaneceres. Te incorporas despacio. Avanzas. Pero sucumbes en el intento de alejarte de la cama. El balancín modera tu progreso. Desde tu trono improvisado transitan en procesión nubes y retales ajados de una amarillenta cortina. Oscilas, igual que oscilan las cosas que no tienen claro a qué destino atenerse: cipreses, insectos y banderas. Has visto jugar a los niños. Has visto las procesiones de hombres y perros intercalándose el rol de decidir qué rumbo tomar. Has visto rosarios de palomas sobre el tendido eléctrico que circunscribe en el cielo tu pequeña propiedad. Pero hoy no hay ajetreo en el barrio. No toca misa, ni partido, ni los paseos de la mano de esas familias de papel recortado. Hoy toca tormenta y lluvia, niebla compacta y olor a campo que nace y muere cada par de minutos. La lucidez se va acercando a gatas mientras dudas si el periódico habrá llegado hasta el porche. Y si lo ha hecho, te preguntas si esa tinta endeble de rotativa barata habrá soportado el diluvio. Puede que no. Puede que debas redibujar el camino hasta la calle leyendo porciones de noticia en los adoquines, en los charcos y en las briznas de hierba. Puede incluso que las palabras se hayan deslizado y mezclado, generando nuevas crónicas abstractas e inverosímiles. Quizá así, en el redactar de la tormenta, se hayan extinguido guerras, muertes y recesiones. Quizá el agua caprichosa haya alterado las esquelas, los resultados deportivos y la programación televisiva; “Sus afligidos nietos: CSI y Sporting de Gijón”. O tal vez debieras menguar el delirio que hiperventila tu cabeza. Olvidarte de las hipótesis kafkianas que nadie comparte contigo. Y así quizá dormirías, comerías y respirarías mejor. Sí. El mundo sigue en su sitio. Seguramente la prensa esté seca. Aquel chaval del piercing en la ceja se habrá acordado de envolver tu diario en ese film profiláctico que te sugiere que podrías congelarlo de inmediato junto a las pechugas fileteadas y así detener el tiempo. No. Para. No empieces de nuevo. Pronto dejará de llover. Te conviene salir a la calle.