trofeos caducos...
En los días de tormenta se abrazaban como dos niños asustadizos fundiéndose en uno sólo. Instauraban, para superar el frío, una férrea política de roce y cercanía. Normas estrictas sobre las áreas y porciones de piel compartida, el movimiento a consensuar, las pautas de cada susurro y el vaho común que alteraba el termostato de cualquier paisaje conocido. Según marcara la intensidad de sus temores, aplicaban mayor o menor énfasis en la cadencia de sus ritos. Debían intentar mantener inmutable su humilde invernadero, incubar allí la galaxia de momentos, ajenos ya a todo y a todos. A veces, resultaba complicado tensar los hilos que apuntalaban su alianza. Y los susurros no pactados se convertían en minúsculas heridas por las que supuraba su coraza. Errores breves pero intensos, frases mal descifradas por falta de complicidad, o por exceso de imaginación. A veces, no podían incluso mostrarse sus cicatrices, ocultas tras los velos del rumor inoportuno. Y así colapsaron, como colapsa la tierra cuando deja de llover. Sin palabras que hidrataran sus fuentes de compromiso. Sin sueños comunes. Secos. Sin el sustrato extraído de las pieles que se entregan. Y las tormentas, pasaron a ser interminables horas de desvelo. La música se hizo repetitiva. Y el frío entraba, y entraba, depositándose en el resquicio de una delimitada frontera. Cuerpos separados, sin importar cómo o cuánto. Dos orillas de un torrente árido, tosco y moribundo. Sin impulso, planearon. Y al planear, caían y viajaban sin remedio hacia el suelo. Sin estrellarse, sí se posaron. Y posados, en metas diferentes, supieron de la necesidad de regenerar sus alas. Obviaron la crudeza de formalizar su desencuentro y el lamentable tormento de las explicaciones insuficientes. Sintieron, como sienten los pájaros, que el nido se les había quedado pequeño, que ya nadie acudiría a alimentarles las promesas y que era hora de marcar unas nuevas coordenadas. Al fin y al cabo lo habían conocido, y lo habían vivido, arraigando uno en el otro con la misma intensidad con la que ahora se desterraban. Quedarían en un lugar preferente de sus galerías de nostalgias. Piezas clave en sus álbumes de ternuras extirpadas. De trofeos caducos. De lágrimas de cristal.

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