siempre hay algo que contar...

martes, noviembre 08, 2005

el cuño...

Primero, vació los bolsillos de aquella joven para ver si encontraba algo que pudiera explicar qué le había pasado. Tres euros en monedas, un paquete de Kleenex casi vacío, un mechero con la bandera de Jamaica y un manojo de llaves. Le extraño que no llevara cartera ni teléfono móvil. Después, con cuidado, recolocó un poco sobre su cuerpo la ropa que le había sido arrancada. Antes, había comprobado que no tenía pulso ni respiración, aunque por su gesto y por el color de las marcas de su cuello, no hubiera hecho falta. Le dio la vuelta dejándola boca abajo pues no podía soportar verle más la cara. Observó detenidamente a su alrededor; no se advertía ningún signo de violencia ni de pelea, ninguna huella o rastro de sangre. Sin duda, había sido un crimen limpio y meticuloso. Sin pistas ni sospechosos. Todo estaba correcto, tal y como lo había planeado.

Justo antes de marcharse, advirtió algo que le sobresaltó. Había algo en el reverso de la mano izquierda de aquella chica. ¡Mierda!, pensó. Eran restos del cuño de la discoteca en la que se habían conocido dos noches antes. Toda la calma exhibida hasta ese momento se convirtió en histeria en unos segundos. Con ese maldito cuño, alguien podría atar cabos y llegar hasta él. Cegado por el miedo, cogió una piedra del suelo y empezó a frotar aquella mano inerte hasta que hubo desgarrado su piel casi por completo. De nuevo en pie, ahora ya sí manchado de sangre, nervioso y envuelto en sudor, guardó la piedra en el bolsillo. Entonces pensó que se preguntarían por qué le habían despellejado la mano, y así llegarían al cuño y así, quizá, a él. Así decidió cortarle la mano. Caminó hasta el coche en busca del pequeño serrucho que había deseado no tener que utilizar. Se agachó junto al cadáver y enseguida descubrió lo complicado que era serrar un hueso. Una vez seccionada la mano izquierda, volvió a pensar en que la policía acabaría, entre sus innumerables hipótesis, llegando hasta la posibilidad del cuño. Estaba desquiciado. Y decidió desmembrarla por completo, así seguro que nadie pensaría en lo de la maldita discoteca. Tardó casi dos horas en cortarle las piernas y los brazos. Estaba exhausto, sucio, empapado de sangre y rodeado de moscas. El minucioso asesino eventual se había convertido, sin darse cuenta, en un auténtico carnicero.

Miró de nuevo a su alrededor y le invadió el pánico más absoluto. Ahora, el pequeño problema de la mano izquierda se había convertido en una enorme suma de problemas. Todo estaba hecho un asco, repleto de huellas y manotazos ensangrentados. Además, ahora debía deshacerse de la piedra, del serrucho, de su ropa y, lo que era peor, de los miembros amputados que había enrollado en aquella camisa de lino antes impoluta.

Se echó las manos a la cabeza. ¡Qué desastre! ¡Qué auténtico desastre!, se repetía a sí mismo. Ya se había hecho de día, lo que empeoraba considerablemente la situación y sus posibles salidas.

En ese momento, escuchó los primeros ladridos de los perros. ¡Mierda! Seguramente ya habrían denunciado la desaparición y la estarían buscando. Oyó voces, que provenían del camino en el que había dejado el coche. Y supo que todo se había acabado. Que ya lo tenían.

Entonces cogió el serrucho y, con la mano temblorosa, se atravesó el cuello.