surrealismo...
Para encontrar, más allá de tus manos, el surrealismo perfecto, debo dar la doble o triple vuelta al sentido de cada cosa. De tu cara, la llanta de la rueda que me hace girar. De tu piel la alfombra, sobre esta cama de clavos, que me hace andar. Necesito el desorden perfectamente ordenado. La coalición de sedales en los que atrapar tu mirada. Es sencillo, al fin y al cabo. Pues al fin y al cabo del día, allá cuando bosteza, repaso las frases menos necesarias. Y me quedo con lo absurdo de cada sintonía. Es pues la voz el reclamo de los que acuden a indagar. A más sirenas, más voces. Y más marineros perdidos tras cada voz. Así busco en ti la palabra que deponga mi voz. Callado, como los árboles en otoño. Igual de despoblado. Absurdo y ausente, porque te has desdibujado de este paisaje. Es por eso. Porque te has recortado de mi postal y ya no hay quien la franquee. Si rebusco y te canso. O si me repito o me atasco, me dan calambres. En cada ojo que te buscó y en cada mano que te encontró. Presas del diccionario, se quedan cortas las cuadrillas de letras que pululan por ahí. Con tanto manoseo que ya no saben lo que significan. Que si se pierde una se sienten mejor. Y las perras son peras, y las cartas, catas. Para catar hasta dónde nos echamos de menos. O si la cambian por otra. Y los muertos son huertos, las putas son puras y las tumbas son timbas sin ases bajo la manga. No recuerdo bien pero antes las juntaba e inventaba nuevas. Y septihambre eran las ganas de libertad que me entraban tras el verano. Y neciositar era la forma obscena y dolorosa con la que te añoraba. Te neciosito, te necesito como sólo un necio sabría hacerlo. Así se cae, por su propio peso, todo significado. Entonces hay más puertas y son más grandes. Y río más, aunque llegue el domingo y sepa que mañana volveré a ser el otro. Descorchamos una semana, y los perros miran mis zapatos rojos desde detrás del contenedor. Porque los ven al revés, y les hacen gracia, y los siguen con la cola. Así te encuentro, sentadita descalza entre tanta poesía. Llorando por necesidad, que no por pena. Porque hay que mojar los ojos para que no se resequen. Como el cristal del coche por el que ya no veo nada. Y sonríes de repente en forma de lava. Y se acaba la tormenta. Así te tengo presente. Del café de cada lunes a la almohada de cada domingo. Mitad real y mitad invento. Sin saber cuál me resulta más hermosa. Soñamos mucho. Porque no conozco más normas que las que dictan los bordes de mi cama. Contigo en primer plano, cada montaña es más pequeña y cada puesta de sol, detrás, se difumina. Sé que llega la noche porque te veo peor. Y sé que llega el día porque descubro legañas en tus linternas azules. Sólo por eso. Hace tiempo que borré el reloj de esta muñeca. Me guío por luces y penumbras, por polvo de estrellas y cortinas que filtran las gotas de sol. Con eso me basta. La luna es una bola de papel arrugado que ya nadie leerá, allá arriba, en el fondo de la papelera de este infinito. Y, de repente, ya no te neciosito si no que te tengo, y te hablazo. Que es abrazarte, usando la voz. Y encuentro así la palabra con la que poblarte de frases que tú sabrás amoldar. Ya está. Ya no busco más. Ya tengo destino y destinataria. Voy a contárselo al café, a mis zapatos, a los perros y al otoño. Que bien. Que suerte he tenido.
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