tiempo elastico...
Como una goma, el tiempo se tensa elástico a medida que progresamos por esta vida. Por eso cada vez es más complicado y cada paso cuesta un poco más que el anterior. Por eso, supongo, al final del camino, cuando perdemos el punto vital de sujeción, el tiempo retrocede a gran velocidad en un sinopsis de fotogramas de nuestra historia personal. Una explicación poco científica pero convincente a efectos metafóricos. Aun así, el punto en el divergen dificultad y avance se explica a través de la fuerza aplicada. Cada vez somos más fuertes y por ello percibimos miniaturizado el aumento de tensión. Conviven puntuales lapsos de distensión con embestidas brutales. Y cada metro recorrido es robustez y es ímpetu para los metros siguientes. Si dejamos de empujar, la vida nos catapulta hacia atrás impregnándonos con la sensación del tiempo perdido. Si, en cambio, avivamos demasiado el esfuerzo en nuestros tirones, el avance se muestra casi insostenible corriendo el riesgo de que el elástico se rompa empotrándonos sin control. No todos los tiempos son igual de laxos al igual que no todas las personas son capaces de aplicar una intensidad constante. Podemos, si deseamos, vararnos en un punto, cómodo de soportar, y observar desde nuestra atalaya el paisaje recorrido. Pero al fin y al cabo, debemos avanzar si queremos refrescarnos con el estímulo de las metas derribadas. No es más que algo que todos sabemos: avanzar cuesta pero recompensa. Por eso, lo recomendable es forzar nuestro tiempo, instruirlo, como a un músculo cualquiera para que se dé cuenta de que ni él podrá frenar nuestra intención de prosperidad. Y avanzar incluye cambiar, ceder, pararse a pensar, no bajar la guardia y no perder los mínimos cánones de la estabilidad. Avanzar, cuerda tensa al cuello o a la cintura, es querer avanzar. Sentir en cada poro que la evolución es posible. Y hacerlo. Hacerlo después de pensarlo, después de incubarlo, después de sopesarlo. Pero hacerlo. No estancarnos en los procesos de decisión, dilatando tanto las acciones que llegan a perder todo sentido. Quizá sea cierto que una parte de nosotros pertenece al tiempo, expuesta desnuda a sus impulsos e intenciones. Pero la otra, la que suma, la que importa, la que fluctúa, depende sólo de nosotros. Y de la coctelera donde combinamos nuestra voluntad, confianza e ilusión.

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