y tu sin saberlo...
Soy el eco de los gritos con los que desabrochas la rabia. Soy la manta que te cubre. Soy la lluvia que te moja y el suelo que evita que camines en vacío. Soy la tormenta de viento que desmelena tu pelo y soy, en plena bonanza, la caricia del sol que te ayuda a renacer. Soy el juicio que vas perdiendo cada vez que te sientes sola. Y soy la paz latente que reposa bajo tu almohada. Soy la última calada de cualquier inhibidor que cubre tus penurias. Soy el minuto exacto en el que echas a alguien de menos. Soy el botón de la lámpara que liquida tus días y el ruido del despertador que vuelve a reavivarlos. Soy el perro de la esquina, que vigila sin ladrar. Soy la línea que perfila tus labios, la luz que te atrapa dentro del ascensor, la canción que tarareas camino a casa. Soy la presencia que te envuelve cuando sin saber por qué notas que hay alguien más en aquel sofá azul. Soy ese preciso escalofrío que te recorre como un latigazo y hace que cierres los ojos para, durante un segundo, cambiar de vida. Soy la ventana donde se invierte tu cuerpo cuando pasas por delante. Soy el cordón desatado que adereza tus pasos con el riesgo y la emoción del tropiezo inminente. Soy la esponja que te alisa en la ducha y la espuma que desciende sin pudor por tu piel. Soy la elección que tomas al abrir el armario, y la nevera, y el garaje. Soy las ganas de ayunar que hormiguean en tu estómago y soy la forma delicada con la que aprietas el periódico contra tu pecho. Soy la pared en la que fijas la mirada cuando escapas de la realidad y escrutas el infinito. Y soy la ilusión con la que miras el reloj, o el teléfono, o el buzón. Así es. Soy la ironía de tus frases más acertadas y el pacto previo con el que gestionas tus silencios. Soy la vida que se escapa resbalando entre tus dedos. Ya ves, soy la imprudencia con la que vas llenando los vasos de ginebra y soy la franqueza con la que lloras sin tener un motivo.
Y tú sin saberlo.

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