siempre hay algo que contar...

jueves, abril 14, 2005

particulas...

No somos más que partículas. Que sufren y se emocionan a partes iguales. De pie, escrutamos el cielo con la esquina de las pupilas. Cada vez más lejos la enorme esfera que nos sobrecoge. Y se precipita, por arte de magia, sobre campos que nadie nos dijo nunca que iban a ser eternos. Cierro los ojos, y ya sé hacer poesía. Los árboles que hemos plantado nos miran y escupen el reproche del que no eligió dónde nacer. La vida se nos va de las manos, tras cada gesto mal calculado. Hasta aquí han llegado los hombres. Los muros se estrechan y casi no cabe luz por las rendijas. La tristeza se multiplica y se contagia. La soledad es venérea. Y en ella, damos vida a las almohadas que acolchan nuestros sueños. Y los cubren de miel, y los digieren. Conscientes de que nos crearon en un globo caduco. Y en él, abandonados, buscamos nuestro sitio. Veo pasar las huellas de otros que me preceden. De hierro y esparto fosilizados. Cierro los ojos, y ya sé hacer poesía. Cuento los días que me caben en un minuto. Y hago el inventario de una noche hiperreal en la que perdimos la gravedad. Y caímos, fruto de siglos de retroceso. Cada cuerpo salpica historias llenas de vida que nos oxigenan. Respiramos. Y una bocanada de aire caliente desciende por nuestra espalda cada vez que morimos. Una o un millón. Un faro gira y nos ilumina. De tejados absurdos, y hombres, y marionetas. Nos volcamos cada día en busca de una respuesta. Y en los libros de mentiras las palabras se despintan. Cierro los ojos, y ya sé hacer poesía. Hasta el final no dejaremos que la rima acote este sinsentido. Que cada uno absorba lo que quiera. Porque tenemos miedo. Todos tenemos miedo. Un enorme tablero repleto de peones. ¿Qué especie de sacrificio se espera de nosotros? Pájaros que atacan, sin destruirla, la jaula en la que viven. Y soñamos jirones hechos con las banderas. Paredes huecas que se nutren de nuestra indiferencia. ¿Qué vendrá? No sé más que vosotros del diluvio que se acerca. Dicen que la alegría acecha, en un rincón, esperando su era. Y siento que nace la rima desde el fondo de mi llanto. Por eso cierro los ojos, y ya sé hacer poesía.

Si morimos, al final, ¿para qué vivimos tanto?. ¿Puede, de tanto gritar, un hombre acabar ahogado?

Refugiados, dictadores, contratistas y soldados. Y si el mundo sigue así, paradlo, que yo me bajo.

Que es difícil habitar, tantísimo desencanto.