sepias...
Tenía un vecino que domesticaba sepias. Sí, ya sé que suena raro pero aquel hombre tenía un don, además de un acuario enorme en medio de la salita. Con solo mirarlas, conseguía que aquellos animalitos realizaran las más diversas coreografías. Las sepias suelen ser bastante tímidas pero al verle a él comenzaban a mover sus delgadas aletas en señal de alegría. Nadie conocía y quería tanto a los cefalópodos como el bueno de Tomás. Había que verlas, totalmente entregadas a su amo, amigo y domador. Incluso les puso nombres: Neptuno, Neptdos, Neptres y Neptcuatro. En una de las ocasiones en la que visité su casa, tuve el honor de presenciar en primicia la versión de ‘El Mercader de Venecia’ que habían estado ensayando durante meses. Ciertamente, la representación era bastante fiel y aproximada al clásico de Shakespeare. Habían surgido algunas rencillas a la hora de repartir los papeles puesto todas las sepias pretendían ser Porcia, la hermosa y joven heredera. Al final, el papel le tocó a Neptres aunque todas las demás estaban geniales: Antonio, Shylock el judío resentido que acaba siendo bueno, Basanio y los papeles secundarios que se repartían entre las cuatro. Recuerdo cuando Tomás recitaba, en boca del Rey Moro, aquello de ‘Hagámonos una incisión por su amor y veamos si su sangre es más roja que la mía’. Soberbio! Aun se me pone la piel de gallina. Como cuando Shylock decía lo de ‘¿No tiene un judío manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No se alimenta con la misma comida, no lo hieren las mismas armas, no está sujeto a las mismas enfermedades, no es curado por los mismos medios, no es calentado y enfriado por el mismo verano e invierno, al igual que un cristiano? Si nos herís, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no reímos? Si nos envenenáis, ¿no morimos?’ Neptuno lo bordaba y yo, en pie, con dificultad contenía las lágrimas a la vez que aplaudía desaforadamente. Neptdos se hacía la muerta de una forma tan real que viéndola allí, flotando boca arriba en el acuario que Tomás había ambientado como la Italia del S.XIV, se me partía el corazón. ‘Esto tiene que verlo la gente’, decía yo. Pero Tomás sabía que sus soberanas actrices sólo actuaban ante un reducido número de amigos ya que un aforo mayor las pondría nerviosas. Supongo que por ello el mundo se quedó sin conocer a mi vecino y a sus cuatro artísticas mascotas. Una mañana, descubrí un cartel de ‘se vende’ colgado de su balcón. Llamé a la inmobiliaria para pedir información pero no sabían nada, ni de él ni de su acuario. Había desaparecido dejando la casa completamente vacía. La visité, rodeado en un inmenso halo de tristeza. En aquel paisaje desértico, entre la nada, encontré las pequeñas cortinillas rojas que Tomás utilizaba como telón para sus obras. Disimuladamente me hice con ellas. Aun las conservo con suma melancolía. Son para mi el recuerdo de que aquel hombre existió en realidad. Aunque aun no he conseguido que nadie crea su historia.

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