la muerte del poeta...
Nadie escribió versos en la lápida del poeta. Nadie lloró, recostado sobre los adoquines helados que circundaban su modesto sepulcro. Ni una sólo lágrima plañó su suerte. No hubo discursos, ni esbozos de gratitud, ni ecuánimes epitafios. No hubo estrellas en el calendario para sellar su despedida. A él, forjador de palabras que alumbraron tantas vidas, nadie le devolvió una sola de ellas. A él, que a todos confió sus pasiones, sus miedos y su locura. No hubo una sola reverencia de lealtad ante su pluma, ya seca e improductiva. Así fue. Nadie repitió las letanías de estrofas que en su día conmovieron a hombres y mujeres, a viejos y a niños, a reyes y a esclavos; “Duerme, mas no te ocultes en tus sueños”. Nadie le dio las gracias por elegir el sufrimiento como modo de sustento, por él y para los demás. Por ahogarse ante el papel y compartir, sin lucro ni recompensa, su inmenso padecer. Nadie cubrió su tumba de pétalos carmesí. Así se trasladó hasta la jaula etérea donde descansan las almas. Sin comparsas de cortesía ni historias conmovedoras sobre su espíritu enfermo. Sin honores, ni galones, ni promesas. Se marchó sólo pues sólo había vivido, y crecido, e inventado registros con los que destripar los sentimientos. Se marchó sin saber que renacería, una y mil veces, en un millón de alcobas. Que aun absorberían sus páginas la sangre, las lágrimas y el sudor de los ojos entregados. Que aun le repetirían voces de toda estirpe y procedencia. Y honrarían sus letras como quien honra aquello que se le incrusta en el corazón. Porque, no él sino su verso, había aprendido a tocar los corazones con las yemas de los dedos. A hurgar en los umbrales del dolor y la alegría. A trasplantar al papel todos los estadios del amor y la agonía, y sobretodo, del amor agónico, aquel que germina sin tierra en la que crecer.
Nadie lamentó la muerte del poeta. Porque el poeta no importaba, importaba la poesía. Y esa, sin duda, era inmortal.
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