cae y atardece...
Cae. Y atardece. Y, así, en su conjunción, cae el atardecer. Nada, global, es lo que parece. Nada es lo que es pues el tamiz de semejante escenario absorbe y altera el significado de todas las cosas. Como una manta que, despacio, nos desnuda, el sol se va dejando terreno al frío y a las sombras. Se retira, pausado, entonando un ‘hasta pronto’. Pues pronto, por la mañana, volverá para desperezarnos los ojos. El mundo navega entre ocres, naranjas y rojizos. Mañana habrá viento, como tantos otros días. El cielo aparece como una postal forzada, saturada y sobreexpuesta. Un actor que sobreactúa ante la magnitud de su papel. Recogemos, poco a poco, todo aquello que el día nos ha requerido. Y dejamos que la magia resbale escapándose entre nuestros dedos. Fingimos no saber que llega la noche. Siguiéndole el juego, dejamos que crea que nos sorprende. Así ella se crece y engalana. Es la simbiosis de las criaturas noctámbulas, de los humildes animales de la oscuridad. El cielo se cuartea de crepúsculo y las nubes aparecen sombrías y misteriosas como las gárgolas de las catedrales. Asoman decididas sus cabelleras grises como si por fin pudieran vigilar sin ser vigiladas. Los sonidos se multiplican y nos envuelven, confiados, conscientes de poder ocultar su procedencia. Así nos hacemos menos visibles y más vulnerables. No tememos pero sí respetamos la solemnidad de la noche. En su ritual, las horas se eternizan y la falta de horizonte hace que nuestro mundo se reduzca tan sólo a aquello que tenemos más cerca. Por eso es de noche cuando nos adormecemos y desconectamos. Porque el mundo es más pequeño, menos fiable y menos cálido.

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