la nueva caja...
El día que el ratón entró en su nueva caja todo le pareció fascinante; un espacio relativamente cómodo para el solo, comida diaria sin necesidad de pelear por ella y un cuidado periódico que mantendría limpio su recién estrenado hogar. Lo primero que hizo el ratón fue recorrer su nueva caja, conocer y adaptarse a cada recoveco, a cada piedra de gravilla y a cada porción de pared. Podía trepar por su caja, divertirse haciendo girar la rueda o acercarse hasta las hendiduras en las que le iban colocando pedazos de fruta y verdura. Podía dormir todo lo que quisiera, beber hasta quedar saciado y escarbar amontonando guijarros que movía de un lado a otro. Una vez adaptado hasta al último milímetro, se sentó sobre su rueda y se preguntó qué haría ahora. Sus posibilidades eran alarmantemente limitadas así que comenzó a compaginarlas; rueda, fruta, piedras, dormir, agua, fruta, rueda, dormir, piedras, rueda, fruta, agua, piedras, dormir. En poco tiempo descubrió que sus actos, más allá de placenteros, eran compulsivos. Bebía de forma compulsiva, comía de forma compulsiva, escalaba, rodaba y amontonaba piedras de forma compulsiva. No disfrutaba haciéndolo pero aun así lo hacía porque, al fin y al cabo, no tenía otra cosa que hacer. Un día, mientras trepaba, recordó cómo habían sido sus primeros días en la caja. Se vio a él mismo trepando con la alegría y la ilusión de quien se siente maravillado. Saltaba y se agarraba al techo a gran velocidad, caía sobre el lecho de grava en piruetas y cabriolas… y sonreía, tras cada salto y tras cada nueva remontada. Al recordar, se dio cuenta del tiempo que hacía que ya no encontraba pasión tras ninguno de sus actos. Ahora escalaba despacio pues así le mantendría ocupado un rato mayor. Colgaba del techo como cuelgan los ahorcados, sin fe y sin acrobacias. Todo era automático y previsible, sin novedades y sin alicientes. Todo era la caja y las cuatro actividades que ésta permitía realizar. Su vida ya no le divertía y, por extensión, ya no era feliz. Entonces decidió que había llegado el momento de abandonar la caja. Vigoroso y convencido por primera vez en mucho tiempo, dio vueltas y vueltas en busca de alguna ranura por la que salir de allí. Pero no encontró ninguna. Exhausto, se sentó en su rueda y se sintió aterrado. Aunque quisiera no podía escapar, pues no sabía cómo hacerlo. Pensó y pensó en una solución que no llegaba hasta que, por fin, dio con una. Escaló lentamente hasta la tercera hendidura, pasó, no sin esfuerzo, su cabeza a través de uno de los radios de aquella rueda metálica, observó detenidamente todos y cada uno de los rincones de la caja y, en un simple impulso, soltó sus pequeñas patas. La rueda giró, la inercia hizo en resto y él, de un golpe, quedó inmóvil. Al fin y al cabo, aquel segundo, aunque el último, había sido lo más emocionante que le quedaba por vivir.
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