siempre hay algo que contar...

martes, junio 07, 2005

esa pena...

Dicen que los bosques se pueblan con las almas de los que no han perdonado. Y que los corazones extraviados ruedan hacia el acantilado para despeñarse por él. Dicen que el frío se instala entre los huesos de quienes nunca colapsaron ante una mirada. De quienes nunca murieron, siquiera una vez, por un amor. Dicen que el tiempo es más elástico en compañía, y que los abrazos no correspondidos pasean impenitentes entre las sombras del aeropuerto. Dicen que el miedo nace en las aguas turbias de la incomprensión, incubado por las dudas y criado en la soledad. Y que tú y yo somos tan volátiles que podríamos desaparecer, evaporándonos, en cualquier instante. Dicen que los días difieren unos de otros en la medida en la que sepamos dotarlos de significado. Dicen que a veces desaparecemos, estando presentes, para viajar a otras vidas que tengan algo más que ofrecernos. Que no dejamos de buscarlas, de noche y de día, por los rincones despoblados de nuestros mundos internos. Dicen que una palabra puede sacarnos de cualquier profundo letargo, y que una sola sonrisa es capaz de iluminarnos el camino. Dicen que la ilusión es nuestro mejor escudo. Y que al perderla, menguamos y nos volvemos vulnerables ante cualquier estímulo. Dicen que, entonces, es sencillo derribarnos. Por eso afirman que debemos alimentar la ilusión, con bocanadas de deseo y algunos tragos de locura. Dicen que es posible perder el sentimiento, la estima, la ambición y la esperanza. Y así, existir sin existir. Y ser sin ser. Siendo sólo una parte, no partícipe, de un absurdo e invariable decorado. Dicen que al caer nos acolcha la garantía de poder remontar el vuelo. Que esa posibilidad se mantiene intacta y latente dentro de nosotros. Pero dicen también que no todos sabemos usarla. O que algunos, simplemente, se cansan de levantarse para volver a caer. Así llega el abandono. La rendición. El cese de ese forcejeo que nos maniata a la vida. Dicen que no es recomendable cuestionárnoslo todo. Pues en la falta de explicaciones nos ataca la pena. La pena estructural de los que buscan un sentido. La pena sucia y pegajosa de la insalvable fragilidad. Esa pena. La que entra y sale, la que hace y deshace, cuando le viene en gana.

Dicen que, en general, las cosas son más sencillas. Pero cuesta demasiado darse cuenta.