Sra Thomas...
Cuando abrió la caja y vio la cabeza de la señora Thomas supo de inmediato que aquello iba a traerle problemas. No se trataba, como hubiera deseado, de una sutil sorpresa en forma de una calabaza de Halloween podrida, una mina abandonada de la guerra del Kurdistán o una sinuosa boa constrictor como la de El Principito mantenida en ayunas. No. Ojalá. Se trataba de una cabeza, una cabeza humana, la de la señora Thomas para ser exactos. La señora Thomas, esa urraca abominable del portal 47. La misma que lanzaba cubos de agua a los niños y apestaba a naftalina. La misma bruja que desmantelaba de un grito cualquier actividad mínimamente lúdica que tuviéramos a bien practicar en la calle. Supongo que todos debíamos pagar el que alguien le hubiera usurpado a ella su infancia. Por un momento fue reconfortante el ver aquella boca cerrada, incluso inmerso en lo terrorífico de la escena. Era la primera vez que el tenerla delante no activaba las gestiones musculares previas a salir corriendo. Pero, ¿qué demonios iba a hacer? Todos habían desaparecido endosándole, y nunca mejor dicho, el muerto a él. En un principio ni siquiera se preguntó qué había pasado o cómo había llegado hasta aquel recipiente la melena sucia, gris y enmoñada de la señora Thomas. Y, desde luego, cómo éste había acabado en la puerta de su casa. Sin duda, parecía un trabajo limpio y bien ejecutado, lejos de las travesuras torpes y mundanas que acostumbraban a cometer los chicos de la cuadrilla. Se sentó en las escaleras del porche y miró a su alrededor. Un día tremendamente soleado, una pareja de jilgueros coqueteando sobre el columpio, los aspersores del vecino salpicando los contornos del enorme seto con forma de oso panda, él, una caja con la cabeza decapitada de una vecina quisquillosa y media hora por delante antes de que sus padres llegaran de trabajar. Sin duda, aquello era un problema.
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