especias molidas...
Flotamos, entre el aire estable de dos coordenadas. Lo demás, magmas de sociedad y flujos ingrávidos de voces y colores. Atardeceres, tan pálidos que deslumbran o tan sombríos que cubren, de mantas, cortinas, orquídeas y humo, las esferas conocidas. El tiempo se desliza a través de la alfombra. Trampas para animales que parecen personas y almohadas para personas que parecen animales. Es sencillo. Como el rumor infalible de una sutil coreografía. Un paso atrás, tres pasos adelante, parón y vuelta a empezar. Escrutamos aquello que no conocemos y, así, son prensiles las manos que nos envuelven en uno. Que sirven para asir, y coger, y quedarse enredadas. Nos emocionan las páginas que aun desconocemos, y hacemos nuestros los sueños de niños y mayores, de arcaicos y modernos, de peces y tarseros que proyectan la mirada. A veces la lluvia nos inunda en el bosque y, otras, las que más, entre el sofá y la nevera. Así avanzamos, casi sin darnos cuenta, absortos en el paisaje, magistral, de dunas y oleajes. Perecemos, sin dejar de respirar, y renacemos para, sin miedo, volver a morir. Es el lujo de los rituales indiscretos, los que se esconden bajo la cama cuando exiliamos las pupilas. Hablamos lenguas que no entendemos. Y entendemos, sin hablarnos, lo que destilan nuestros gestos. Es la alquimia del encuentro, de barajas de sueños y de mapas sin trazar. Melodías, todas ellas, sazonadas de levedad, y aceites, y especias molidas. Trashumamos, sin prisas ni visados, por todas nuestras fronteras. Expiramos. Y pensamos, con muecas de sonrisa, que hay enfermedades que merece la pena vivir.
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