chapoteo...
Chapoteo en el estuario donde desemboca la tinta de todas las frases que no tuve el valor de escribirte. Respiro. Tomo aire y me sumerjo. Braceo envuelto en verbos y adjetivos más o menos intensos, más o menos acertados. Palabras, calamares cuyas estelas me ciegan a su paso. Leo en las rocas del fondo las metáforas adheridas, líquenes de placer, de odio, de amor y de olvido. Descanso en la ribera derecha, junto a maderas húmedas y conchas cerradas. Todas llevan impresas promesas y profecías. Entorno los ojos, bajo los guantes de un sol que me acaricia la cara. Que me mima, y me arrulla. Y me deja dormido. Y al dormir sueño que cribo y dreno este río de poesía que se anegó, empapada y caduca. Selecciono aquellos versos que más me acercaban a tu latitud e intento salvarlos. Tendiéndolos sobre rocas, insuflándoles el aire no corrupto de la profundidad de mi vientre. Algunos tosen, y se convulsionan, y así renacen, expulsando el líquido que los ahogaba. Otros, aquellos a los que el roce y las corrientes han diluido y amputado fracciones, están malheridos. A esos los sano, y curto, y completo con lo que encuentro disperso por el suelo. Pequeñas ramas, fósiles, restos de alquitrán y algas. Una vez remendados pasan su convalecencia en cuarentena en mi regazo. Al final todos retornan a los libros huecos, a las cuartillas despobladas y a esas cartas con tu nombre que no conocieron buzón. Misivas sin franquear pero repletas de franqueza. Vuelven, uno a uno, al lugar del que nunca debieron escaparse. Y siento con júbilo que puedo, si quiero, empezar otra vez de cero.
Pero entonces despierto. Y siguen las conjugaciones nadando a mi lado, junto a nombres, lugares y estrofas sin rima. Sigue el oleaje de letras desordenadas bañándome las plantas de los pies. Sigue el sol. Y sigo yo, allí, tumbado, armado de valor para chapotear de nuevo.

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