siempre hay algo que contar...

jueves, octubre 06, 2005

bosque de sueños...

Entonces, ordenó a los sentimientos que se alejaran de él. Sólo así podría adentrarse en el bosque donde moraban, escondidos entre raíces, todos los sueños. Sólo vacío de los contenidos que guiaban su alma, podría avanzar. Aunque su ilusión parecía ilimitada, no lo era su fuerza. La fuerza fallaba y sin ésta no podía ni comprender ni evaluar todo el peso y el ahogo que sentía. Sabía que sin fuerza llegaba el abandono. Y sabía que el abandono era tan cruel y brutal que se lo llevaría por delante. Así, despidió a la alegría y al cariño, emplazándolos a esperarle por aquellas latitudes hasta un futuro cercano. Despidió también al miedo y a la angustia, exigiéndoles una tregua a la que no podían negarse. Se deshizo de todo lo que lo mantenía vivo y así, despoblado, se adentró en la espesura. El paisaje era por momentos mágico y desolador. En un lado se amontonaban, sucias y hacinadas, las pesadillas de los que no sabían o no podían deshacerse de ellas. Listas para regenerarse y atacar de nuevo. En el otro descansaban los sueños más gratos, los que iban a convertirse en realidad y esperaban en la antesala de las promesas por consumar. Parecía increíble que dos mundos tan diferentes habitaran tan cerca uno del otro sin contagiarse. Pero, precisamente, ahí residía la solución que todos habían buscado. Desde aquel angosto paso pedregoso que delimitaba ambas zonas del bosque, contempló el constante y veloz trasiego de materia de uno a otro lado. Le conmocionó ver como cualquier pesadilla podía volatilizarse y convertirse en un sueño cargado de futuro. Y al contrario, cualquier sueño compacto y presto a materializarse, podía, en un segundo, caer atrapado en la fosa de la desesperación y teñirse de oscuridad. Como un simple cruzar de calles, aquel flujo constante de cambios de percepción le abrió los ojos. Si de verdad lo deseaba, sólo con proponérselo, podría anular de un plumazo sus peores pesadillas. Y podría, con dedicación y cuidado, mantener intactos sus sueños evitando que se descompusieran. Mentalizado y enormemente instruido, salió del bosque. A varios metros, sobre la hierba fresca y humedecida, le esperaba ansioso el cariño, como un animal consentido que añora enfermizamente a su amo y protector. Junto al cariño, casi dormida, estaba la alegría. Recogió a ambos y siguió su camino. Barrió el horizonte extrañado pero no encontró rastro alguno de la angustia ni del miedo que antes lo acompañaban. Simplemente, se habían evaporado.