siempre hay algo que contar...

martes, noviembre 08, 2005

espantosa ironia...

Ni con el silencio conseguimos acallar los demonios que hurgaban entre dientes en nuestra efímera hegemonía. Salíamos y entrábamos del infierno como quien piensa siempre que se deja algo atrás. Regalábamos la primavera a todo aquel y a todo aquello que se nos antojara medianamente fiable. Y era así como caminábamos, trastabillando entre las baldosas mal afianzadas de nuestro collage de ilusiones. Éramos medianos, entre niños y adultos. Con la inocencia de los primeros y el dramático realismo de los segundos. Éramos piel y carne hormonada, sazonada de veranos y manchada de otoños mal calculados. La ciudad era tan grande que nos masticaba deprisa con sus dientes de cemento, sus canales subterráneos y la humildad de sus parques. Proferíamos los juramentos sin crédito de quienes aun no han ganado nada. Litronas sobre la mesa, ceniceros llenos y pósters icónicos de aquellos que decidieron cambiarlo todo. Salíamos en comitiva para reafirmarnos en los dogmas que poblaban nuestro ideario. Y volvíamos disgregados, corriendo siempre, esquivando furgonetas y pelotas azules de squash. Visitábamos las desconchadas casas de los desheredados. Esas en las que siempre había dispuesto un plato, una sonrisa y un millón de melodías. Éramos lemas y profecías, gritos y sillas rotas de autobuses con alma de búho. Hicimos hábitat de la madrugada, y en ella, como sobre la fina manta de arena de las playas no comunes, vagábamos cómodos e intemporales. Frecuentábamos las frases de los poetas malditos y, en la genialidad de los humillados, descubríamos puertas por las que atravesar la desidia. Tuvimos la Facultad de elegir el futuro. Y elegimos cuaderno y lápiz, bohemia y verborrea. Llenábamos páginas, asombrados por lo que escupían las ventanas de los vagones de cercanía. Mitad ausentes y mitad reaccionarios, dejando escapar la rabia hacía aquellas ecuaciones poco equilibradas. Y así, despacio, una vez curtidos en las heridas ajenas, dejamos que la ciudad relevara generaciones en su violenta digestión.

Hoy somos presos semiatados de agendas y organigramas. Prostituimos sin altearnos muchos de los valores que enunciábamos infranqueables. Hoy bajamos la cabeza ante el desasosiego de aquellos que nos tendieron la mano. Y creamos sueños, tangibles y tributados, tan faltos de utopía que a veces nos despiertan horrorizados entre sudores a media noche. Hoy nos dicen que somos más de lo que imaginábamos llegara a ser. Pero en cambio, desde la pequeña pista de despegue del alma, nos sentimos mucho menos. Quizá sea el alto precio de la renuncia pactada. O quizá, otra espantosa ironía. Al fin y al cabo, una más.