siempre hay algo que contar...

jueves, abril 14, 2005

chapoteo...

Chapoteo en el estuario donde desemboca la tinta de todas las frases que no tuve el valor de escribirte. Respiro. Tomo aire y me sumerjo. Braceo envuelto en verbos y adjetivos más o menos intensos, más o menos acertados. Palabras, calamares cuyas estelas me ciegan a su paso. Leo en las rocas del fondo las metáforas adheridas, líquenes de placer, de odio, de amor y de olvido. Descanso en la ribera derecha, junto a maderas húmedas y conchas cerradas. Todas llevan impresas promesas y profecías. Entorno los ojos, bajo los guantes de un sol que me acaricia la cara. Que me mima, y me arrulla. Y me deja dormido. Y al dormir sueño que cribo y dreno este río de poesía que se anegó, empapada y caduca. Selecciono aquellos versos que más me acercaban a tu latitud e intento salvarlos. Tendiéndolos sobre rocas, insuflándoles el aire no corrupto de la profundidad de mi vientre. Algunos tosen, y se convulsionan, y así renacen, expulsando el líquido que los ahogaba. Otros, aquellos a los que el roce y las corrientes han diluido y amputado fracciones, están malheridos. A esos los sano, y curto, y completo con lo que encuentro disperso por el suelo. Pequeñas ramas, fósiles, restos de alquitrán y algas. Una vez remendados pasan su convalecencia en cuarentena en mi regazo. Al final todos retornan a los libros huecos, a las cuartillas despobladas y a esas cartas con tu nombre que no conocieron buzón. Misivas sin franquear pero repletas de franqueza. Vuelven, uno a uno, al lugar del que nunca debieron escaparse. Y siento con júbilo que puedo, si quiero, empezar otra vez de cero.

Pero entonces despierto. Y siguen las conjugaciones nadando a mi lado, junto a nombres, lugares y estrofas sin rima. Sigue el oleaje de letras desordenadas bañándome las plantas de los pies. Sigue el sol. Y sigo yo, allí, tumbado, armado de valor para chapotear de nuevo.