siempre hay algo que contar...

jueves, octubre 06, 2005

aguantarles la mirada...

Confío en que el tiempo trace las líneas donde seguro convergerán todos los polos desangelados. Frío y levedad, roturas perennes de sueños intemporales y esporas, muchas, todas, que transportan sin saberlo nuestro latente germinar. Descanso de las caras que han precedido a cada eclosión, de los mimos cuadriculados del cuaderno naranja, de las escamas que poblaron cada injusta recaída. Tregua y respiro. Miedo a la indiferencia que anida en las personas y las moldea, a ciegas, a través de las galerías donde exponemos, descalza, la soledad. Sé que aun quedan restos de las fotos del paraíso. Imágenes en las que escribo con miel sobre tu espalda desnuda. Y borro, si hay que borrar, con la lengua aun entumecida. Gotas de rocío, incienso y ternura. Con eso bastaba para bajar el telón. Recuerdo el aliento de las frases imprecisas. Ayer, hoy y un inédito mañana. El mundo lamenta que estemos dormidos. Y que, dormidos, no veamos más allá de los párpados comunes. Hay más dignidad en los ojos que padecen y más decencia en las pieles abandonadas. Hay más devoción en las almas necesitadas, las que no tuvieron más remedio que aprender a valorar, y a agradecer, cada minuto de paz. Sí, créeme. Hay mucha más vida en aquellos que sufren. Recorro, en mi oscuridad astral, cada inimaginable recoveco. Las tierras gélidas o abrasadas donde mueren nuestras clónicas cobayas. Los mares inclementes donde se ahogan los gritos que no quisimos escuchar. En el camino, veo niños y animales y mundos y marionetas. Y al mirar a través de sus ojos ausentes, sé que no soy su dolor sino su enfermedad. Y me pierdo y te pierdo y os pierdo a todos. Y siento que nada ni nadie valemos nada. Siento desplomarse en mi cabeza el lujo de cada promesa y de cada carcajada. Y, helado, descompenso en angustia la rabia de todo este bienestar. Colapso y me fragmento. Y cada pedazo de existencia, cada pequeña porción de mi, se agarra a la estabilidad de su heredado egoísmo. Entonces, sólo deseo despertar. Y, despierto, ser en redención mejor de lo que era. Y así poder, la próxima vez, aguantarles la mirada.