siempre hay algo que contar...

martes, octubre 11, 2005

chocaron...

Se encontraron en el equinoccio de dos afluentes paralelos. Chocaron. Y de su colisión, drenó el enorme caudal de las mareas suicidas. Anegaron los márgenes de sus comprometidas fronteras y así, riada y sinsentido, destrozaron las presas que dosificaban su avance. Esbozaba un final y dibujó un principio. Desatados, como los flecos violentos que replican la tormenta, se fundieron en humores y rituales contenidos. Sin preguntas y sin métodos, libres, sonsacando lo más dulce del instinto y la premura. Buscaron y encontraron un hueco donde latir, donde dejarse reposar ajenos a la inconstancia de los mundos comunes. Latieron, día a día, sin saber, tras cada expirar, si superarían en cadena un crepúsculo más. Y siempre lo superaban. Mimaban su tiempo y pulían sus contornos, como el que teje, sin preverlo, una inmensa manta a partir de retales. Torpes pero sinceros, jugaron, baza a baza, viendo como las cartas les iban saliendo. Y ganaron, mano a mano, más de lo que esperaban. Retozaron, en la vereda furtiva que rodea el acantilado, sin miedo a precipitarse. Más cerca y más lejos, más intenso y más pausado. Y así, escorzo y desliz, se precipitaron. Cedieron, pero en lugar de caer, desataron los brazos y, al abrirlos, planearon. Volaron, hasta mundos mejores y menos contestatarios. Volaron hasta los tranquilos claros en los que nadie juzga, ni embiste, ni imposta calendarios. Por el camino, restos de otros y sueños descompuestos de los que se acercaron demasiado. Por el camino, cielos más limpios y noches más oscuras. Días más largos y bocas malheridas que sanaban al contacto. Traspasaron así todas las estaciones y, con ellas, todos los termómetros. Calores y ternuras. Caminaron, y al hacerlo, sus huellas escribieron, sin saberlo, las páginas más gloriosas de una historia agradecida.