palabras...
Las palabras se secaron, víctimas del desuso. Se agrietaron y diluyeron como polvo tras el silbido de aquellos que no supieron darles valor. Se pudrieron, enfermas y contaminadas, por culpa de los hombres. Algunas fueron cayendo como copos de nieve de las bocas menos generosas. Otras, simplemente, murieron solas en el rincón donde yacían abandonadas. Callaron las voces y, con ellas, la esperanza de aquellos que quisieron construir mundos mejores. Sin palabras, ya no podrían convencernos, ni instruirnos, ni ilusionarnos. También callaron las voces de los que con ellas conseguían controlarnos, fieles y sumisos. Callaron los amantes, vacíos de susurros, vacíos de perdones y vacíos de promesas. Llegó el silencio y, de su mano, la mayor angustia que una raza jamás hubiera sentido. No sólo no podíamos pronunciarlas, tampoco podíamos recordarlas. Y así, vacíos, no podíamos si quiera recordar quiénes éramos o quiénes fuimos alguna vez. Sin palabras, dejamos de entendernos, de respetarnos y de necesitarnos. Sin palabras, dejamos de querernos. Ese fue el fin. Mudos, ausentes, carentes de fórmulas con las que desgranar las emociones. Algunos, los mayores culpables, tardaron en notarlo, pues en su monótono caminar hacía tiempo que no confiaban en ellas. Los demás, en el acto, nos fuimos apagando. Sin gritos de rabia, sin bocas de consuelo y sin secretos. Sin nada que confiar, ni predecir, ni protestar. Asistíamos petrificados al horror del olvido, atónitos, presenciando la vertiginosa destrucción de nuestra historia. Nos mirábamos, aterrados, como si ya no estuviéramos presentes. Uno a uno, sentíamos como éramos absorbidos por el inmenso hueco de la carencia total. Y nada, absolutamente nada que hiciéramos, conseguiría evitarlo. La vida se precipitaba y, justo en el instante en el que cedió, consciente de ello, y bajó la cabeza, despertó. Despertó y se sintió repleto de vida, repleto de deseos y, sobre todo, repleto de palabras. Grandes, pequeñas, torpes, sensibles, crueles, profundas, alegres o insolentes. Todas volvían a estar allí, desfilaban ante él, dentro de él, como en un inmenso y jubiloso hormiguero dispuesto a sellar su imaginaria resurrección.
Respiró, sonrió y, decidió, aquella mañana, que dedicaría su vida entera a honrar las palabras.
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