tiempos de paraiso...
Fueron tiempos de lluvia, espejos y regaliz. Nos despertábamos con el brillo de las luciérnagas y nos volvíamos a dormir con el ronroneo de los grillos. Nos queríamos, como narraba la minicadena de discos de la tierra, con total desmesura. Otoño y radiaciones de mundos ultravioletas. El cuerpo disipado de sombras y miedos. Las manos servían como única cubertería y así, en la penumbra, nos alimentábamos, sin atragantarnos, el uno del otro. Fueron noches de estrellas, y risas, y nubes aromáticas que se adherían al techo. Fuera, colgaban las toallas en su secadero, traicionadas por el crepúsculo e hidratadas de rocío. Ascensores de arañas y reptiles, traviesos, recortando la luz, proyectando magnificada su figura en el cielo. Buhardillas, y ropa dispersa por un mar de enredaderas. Fueron días de blanco y turquesa. Sal, espuma y pupilas dilatadas en excesos de luz. Márgenes de campos y estampas lunares en las que amontonar toda promesa. Fueron tiempos rurales, marinos, desiertos. Manchas de alegría en los lienzos contaminados que cubren nuestras rutinas. Y un corazón, enorme, trasquilando a navajazos todo lo sucio de los mundos ajenos. Ajenos a ti, y a mi, y al rumor pausado de nuestro humilde paraíso. Tenían razón. Tenían razón las voces que callaban por respeto, susurrándole a la luna y mimando nuestras quimeras. Tenía razón el bordado del tragaluz, ocultando pero dejando entrever la desnuda y entrelazada maraña de cuerpos. El baile, sin cadencia, de la muerte controlada. Fueron postales archivadas en bloque a través de la retina, y el objetivo, y la palabra. Gatos, perros y enormes pájaros argénteos patrullando el acantilado. No faltaba ni sobraba nada en el cómputo impreciso del sueño común. Todo en su sitio y, por extensión, todo en el nuestro.
Por eso, cierro los ojos y me aderezo en el salitre que te robaba en cada roce.
Por eso, abro la boca y se me llena de ti.
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