la entereza de las olas...
Observaba la entereza depositada en las olas, los cuadrantes que dividen la vida en coordenadas, el latir desesperado de la minúscula ciudad. A veces, su cuerpo se convulsionaba inestable ante alguna de aquellas sonrisas marchitas. Las calles eran profundos barrizales. Los días de lluvia, sus ojos se desprendían del velo humano de la escasez de ternuras. Y entonces era animal, pradera y sustancia. Los dedos disipados, como pequeñas calaveras en busca siempre de su humilde cementerio de pieles obsoletas. Adoraba las generaciones de galaxias venideras. Y adoraba las cobayas, de decretos amputados e ilusiones dirigidas por aquellos que hurgan en las teteras donde se diluyen nuestras almas en océanos nauseabundos. Odiaba las frases largas y las estaciones cortas. A paso lento, seguía en procesión el devenir de las lágrimas vagabundas. Esas que, sin pena ni gloria, van a morir a los charcos y a las cloacas. Los pájaros lo seguían, como frágiles apuntadores, recordándole los puntos vitales de su desvelo. Cada despertar era el primero, solapado en el adivinar cromático de una ciega melodía. Y bailaba, bailaba y bailaba, de puntillas, en círculos deformes a través de la espuma. Auguraba el mundo carmín para las niñas sin promesas, la alfombra de miedo para los que cabalgan sin mirar dónde pisan y lecciones no aprendidas para los que lo saben todo. Cada mañana abría la ventana y anillaba, una a una, todas las alegrías. Así sabrías cuáles y cuántas veces regresaban. Miraba a su alrededor y pensaba que, al fin y al cabo, todo tendía a regenerarse; la ciudad pequeña, el rumor de los eucaliptos, la pasión de las bestias, el verso del penitente, la angustia de los relojes y el pausado, cruel, torpe e ingrávido ir y venir de todo significado.
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