eleccion...
La elección fue demasiado complicada. Al final, eligió haber elegido elegir otra cosa. Así, sin más. Como si al haber elegido elegir lo no elegido, de repente, lo estuviera eligiendo. Como si así justificara y anulara su, según él, errónea elección. Si es que, al final, uno no siempre elige bien del todo. Y algunos, los que eligen por elegir, suelen, por costumbre, elegir mal. Un problema de fe, sin duda. El que cree ciegamente en que ha elegido lo correcto, ese, ha elegido lo correcto, más allá del mayor o menor baremo que decante sus elecciones. Un problema de confianza. El que confía en si mismo, confía en sus elecciones. El que no, no. Por ello, éste último, siempre piensa que ha elegido elegir lo que no debía. Y sufre. Y se atormenta por su elección. Y lo peor es que igualmente se atormentaría de haber elegido lo no elegido. De ser así, pensaría de igual modo que la elección elegida no era la mejor elección. Y que de haber elegido lo que aun habiendo elegido elegir antes, sin éxito y con disgusto, habría elegido bien y sería feliz. Así, eligiera lo que eligiera, elegiría mal. Es ese el drama de la falta de confianza. Cada elección es, por sí misma, un potencial error en la cadena de no saber elegir elegir bien. Cada elección, una suma mal formulada y, como tal, imposible de resolver. Esa es la condena de la eterna elección equivocada.
Por otro lado, como ya hemos mencionado, el que elige confiar en cada elección. El que apuesta por elegir elegir bien. El que elige dejarse la piel por cada elección elegida, aparcando aquello que ha elegido no elegir y cerrando la puerta al martilleo de la elección constante y agotadora. Ese, camina por la vida seguro de cada paso que da. Camina brillante en la convicción de todas sus elecciones, correctas o erróneas. Pero, de algún modo ¿qué hay correcto o erróneo excepto en las obviedades? Nada. No hay nada tras la mayoría de nuestras elecciones que dicte con objetividad porcentajes de éxito o fracaso de las mismas. Sólo nosotros somos capaces de valorar lo correcto de nuestras elecciones. Y sólo nosotros somos capaces de encerrarnos en la mísera incongruencia de siempre elegir elegir lo que no debimos elegir, elijamos lo que elijamos. Por ello, toda elección debe digerirse como fruto fugaz o madurado, motivado por trasfondos vitales o ilusiones momentáneas, dotado del crédito de toda circunstancia, de todo impulso, de toda incidencia de aquello que rodea o rodeó nuestro preciso elegir. Toda elección pertenece al abrigo del instante exacto en el que elegimos elegir. Y, por tanto, toda elección es correcta.
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