el corcho...
Abro la puerta de la alcoba. Desconecto la maquinaria que procesa la razón. Dudo un instante y recoloco las chinchetas en el corcho por tamaños, después por colores y finalmente por morfología. Planas y de botón. Las planas engloban las planas planas y las ligeramente abombadas. Las de botón son las que cuentan con un taco cilíndrico como cabeza. Paso revista. Descubro, horrorizado, que hay doce chinchetas planas y tan sólo once de botón; y que hay ocho rojas, ocho verdes y tan sólo siete amarillas. Esto es un auténtico caos. Todo esto escapa a mi control. Desconcertado, arranco el corcho de la pared, lo despedazo y le prendo fuego. Veo cómo las once chinchetas de botón se retuercen y mueren. Igual suerte corren siete de las doce planas, aquellas cuyas cabezas lucían orgullosas su plástico recubrimiento. Sólo se salvan cinco, las cinco que son completamente metálicas. Decido recuperarlas. Las tomo con la mano, me quemo, cinco puntos incandescentes se escarifican en mi palma derecha. Ya siempre irán conmigo. He acercado demasiado los pies y mis suelas de goma han ardido, se han fundido y adherido al suelo. Tengo los pies fijados a las baldosas. No puedo moverme. El corcho sigue ardiendo. No puedo escapar. Intento quitarme los zapatos pero me quemo las manos. Fundidas las suelas, comienza a arder la fibra sintética. Arden los cordones. Arden los tobillos. No puedo hacer nada. Alargo el brazo intentando alcanzar el grifo de la pared. No llego. Arden los pantalones. Arden las rodillas. Arde la cintura. Estiro aun más el brazo. Toco algo. No sé qué es pero toco algo. Hay un botón. Lo acciono. Era el interruptor. Se enciende la luz. Despierto.

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