La reverencia de los juncos...
Todo transcurre despacio. El cielo difumina el sol como una regadera que humedece pero no moja. El mar se envalentona en el norte pero a menos de un kilómetro, en el sur, reposa tranquilo como un espejo ondulado de traslúcidos turquesas. La isla sonríe deshabitada, menos viva que en verano pero más coqueta. Las dunas se peinan y acicalan traspuestas por el viento que desembarca en nocturnidad. Los faros relamen los posos de luz de la pasada madrugada. Las ovejas, estáticas, se explican teoremas y las higueras se mantienen impasibles descansando sus brazos en muletas de madera. Junto al acantilado, un comité de gaviotas repasa el parte metereológico, pros y contras de alzar el vuelo. Al pasar junto a ellos, devuelvo, cortés, la reverencia de los juncos sometidos por la brisa. Todo casa en el scrabble de la memoria, como una comparsa mil veces ensayada. La arena húmeda y compacta que no aspira a nadar, mantiene intactas las huellas de los días pasados, sumándolas a la espera de nuevas primaveras. Todo es más grande de lo que parece y uno es más pequeño de lo que cree. La isla hiberna y su respiración, lenta y entrecortada, te regenera ese híbrido entre cabeza y corazón que muchos llaman alma.

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