piedras al rio
No recuerdo las palabras que nos decíamos a la cara. Ni la voz impostada con la que, a veces, nos apuñalábamos con suavidad. No recuerdo la expresión, ligera, que volvía dóciles las sombras que nos perseguían hasta la bañera. Ni las manos exfoliadas de tanto seguir contornos. Puede que nos equivocáramos. Puede que hiciéramos un uso fraudulento de nuestras palabras. Tomando unas de aquí y otras de más allá, sin sentido y sin criterio, como quien se traga el aburrimiento lanzando piedras al río. Puede que no supiéramos gestionar el miedo, ni el desazón, ni el exceso de vidas extra que nos daba la partida. Puede que perdiéramos la gama de alegaciones que crecen entre el blanco y el negro. Y puede que fuéramos ingenuos, menos sabios de lo que esperábamos y más maduros de lo que nos gustaría. Demasiado doctorados y demasiado poco alumnos, atados a las teorías que creíamos inexpugnables. Puede que perdiéramos el mapa de atajos comunes. Y así, las fantasías, diferían como difieren los días de las noches iluminadas. Puede que no cupieran tantos sueños en el bolsillo. Y lastrado, el presente, no alcanzó al futuro para darle el relevo.

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