nacer otra vez...
Todos tendríamos que nacer otra vez. Empezar de nuevo conscientes y aleccionados por nuestra estancia anterior. Enmendar todo aquello que hicimos al revés y elegir otros caminos y otras formas de avanzar por ellos. Gozar del comodín de la segunda oportunidad, pero íntegros en lo sabido y en lo vivido, sin reajustes y sin formatear. Empezando de dos en lugar de cero. Sabios, pero inocentes. Y saber así, ya desde niños, a qué debemos y a qué no debemos tener miedo. A quién podemos y a quién no podemos amar. Saber que la cuna se convertirá en una cama. Y la cama, en un problema. Saber que el alma sufrirá mutaciones, y el cuerpo cambios, y el corazón puñaladas. Y así, esperar con paciencia cada nueva mudanza. Sin sentir pánico y con la cuestionable garantía de poder influir en ella. Coger más fuerte el timón y tener más clara la ruta. Saber sanar antes incluso de ser heridos. Conocer las situaciones que desembocan en momentos que terminan en decepciones. Y, una a una, evitarlas. Igual que evitar el óxido de la rutina y la mugre de los sueños mal calculados. Aun a merced de todo elemento nocivo, sentirnos más seguros y menos vulnerables. Y así prosperar, reconquistando paisajes ya conocidos pero no por ello menos sorprendentes. Y aun teniendo claro el guión de consecuencias, volver a equivocarnos. Recapitular los valores que damos a las cosas. Y rescribir con ellos toda una nueva existencia.
Sí. Todos tendríamos que nacer otra vez. Y morir otra vez. Y amar otra vez.

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