siempre hay algo que contar...

miércoles, noviembre 09, 2005

ternura y placebo...

Quiso la providencia que el juglar frustrado esbozara versos con los que edulcorar los espíritus vecinos. Cuestión de suerte, que dijeron unos, o de abstracto destino, que pensó él. Había estado siglos intentando sin éxito dar con ellos, escrutando lo más puro de dogmas y sentimientos, de teoremas y verdades. Finalmente, no se hallaban en las complejas estructuras de miedos ni amores. No se hallaban en los odios fundamentales que brotaban de la necesidad. Ni, como siempre creyó, en las enormes quimeras de los sueños apasionados. No estaban en la magia de la ilusión ni en el pesar de la desgracia. No. Ni mucho menos. Los versos magistrales se escondían bajo el batir de alas de cualquier criatura en vuelo, en el crepitar de una ola desperezando la escollera o en el aire, flotando, simplemente, en la densidad efímera de una nueva madrugada. Tan sólo había que extraerlos de cada contexto. Mimarlos y desgranarlos en pequeñas píldoras de ternura y placebo. Él, que creía que sólo daría con ellos en la aventura desangelada del exiliado. Él, que imaginó hallar la fecundidad sólo en la soledad palpable del nómada, por fin se dio cuenta. No era preciso recorrer el mundo si no dejar que el mundo lo recorriera a uno.