siempre hay algo que contar...

martes, septiembre 26, 2006

catastrofe...

El mundo se encogió y expandió, se encogió y expandió, se encogió y expandió un total de cinco veces, como si la inmensa bola se hubiera resfriado y estornudado. Como podéis imaginar, las consecuencias de la extraña serie de espasmos planetarios resultaron devastadoras. Los inmensos y globales terremotos derrumbaron todas las construcciones del mundo y una gran parte de las formaciones naturales elevadas. A modo de balde repleto de agua que sostienes mientras caminas con torpeza, los mares, ríos y embalses se desbordaron con un salpicar brutal que inundó pueblos enteros. La gente, los animales, los vehículos y todo aquello que se encontrara al aire libre y no estuviera firmemente adherido al suelo salió disparado unos centenares de metros. Todo fue proyectado hacia las nubes y después todo volvió a caer y todo volvió a ser proyectado de nuevo. Como si te despeñan desde el ático de un rascacielos y después te vuelven a subir y a despeñar cuatro veces más. Con el curioso agravante de que aterrizabas cada vez en un lugar distinto y alejado del que habías despegado segundos atrás. Los que se encontraban en el interior de las pocas estructuras que no se derrumbaron, también sufrieron los infames efectos de aquellos latigazos. Porque la gravedad hacía su trabajo aunque sobre tu cabeza resistiera estoicamente un techo amurallado. Precisamente, a esos, la gravedad los lanzaba a gran velocidad estampándolos contra el techo. ¡Sí! También cinco veces. Algunos parecían mosquitos humanos que habían sido aplastados por un matamoscas gigante. En cualquier rincón del planeta se dibujaba un espectáculo dantesco. El mundo se había vuelto una letal e incontrolada montaña rusa. Calculo que todo aquello pudo durar cerca de dos minutos. Pasado ese tiempo, todo se había convertido en una nube de polvo que, al disiparse, dejaba atrás un horizonte de escombros y trituración. Recuerdo que me quedé allí, inmóvil y aturdido, agarrado con manos, pies y dientes a aquel robusto tronco que me había salvado la vida.

Sólo sobrevivimos a la catástrofe global Liv Tyler y yo. Recuerdo que Liv se acercó y, mientras se desnudaba me dijo (en inglés, claro); "No hay tiempo que perder. Tenemos una sociedad que reconstruir". Tres segundos más tarde sonó el despertador.