siempre hay algo que contar...

martes, mayo 16, 2006

sin cielo...

El cielo había desaparecido. Tan extraño de entender como de explicar. Era como si todo lo que contenía hubiera sido borrado; las nubes en sus decenas de aspectos conocidos, la tonalidad azulada, la luna, las estrellas… todo menos el sol, que aunque costara advertirlo, ahí seguía iluminándonos a todos. El resto del cielo era una masa negra, más o menos traslúcida según la hora y la incidencia de la luz. Un todo negro y compacto en el que no había espacio para los contornos, ni para los matices, ni para la imaginación. Todo había sucedido en cuestión de horas y a la mayoría nos cogió durmiendo. Fue al despertar cuando advertimos un cambio brusco en la forma de incidir la luz a través de las persianas. Al salir lo vimos. Grises o negros conformaban la extensa cúpula a través de la cual se filtraban con mucha más dificultad los tentáculos amarillos de nuestra estrella madrina. Nos preguntábamos cómo habría sido pero nadie lo sabía. Incluso aquellos a los que el supuesto telón repentino los había pillado despiertos y en plena calle, tampoco podían explicarlo. Según ellos, todo se oscureció, de repente, y cuando miraron arriba ya había cambiado. Las noches eran indescriptiblemente oscuras. Sin estrellas y, aun peor, sin luna, el cielo quedaba a merced de la más absoluta cerrazón. Al parecer, todo aquello no había sido fortuito. Muchos bromeábamos sobre pedir un indulto para la luna pues, cuando la pierdes, te das verdadera cuenta de cuánto la idolatrabas. Pero no. Lo que fuera que había causado aquel fenómeno, tenía claro lo que hacía. Nos habían dejado el sol pues sin él no hubiéramos podido continuar con nuestra existencia. Pero se habían llevado todo lo demás, todo lo que, sin ser fundamental, acompañaba, y maquillaba, y daba sentido al espacio desde el que el sol nos daba vida. Y enseguida te dabas cuenta. Aunque no hubieras sacado jamás un provecho de las estrellas, siempre nos habían hecho compañía, ayudado a extraer la poesía de la noche o incluso guiado en épocas no tan remotas. Y lo mismo sucedía con los colores del cielo; los azules pálidos o intensos, los rojizos previos al desatar del viento; el sombrero plomizo de los días de tormenta. Habían desparecido o habían sido sustituidos por escalas de grises en la maquiavélica paleta del causante de tal estropicio. También añorábamos las nubes; los pequeños cúmulos, las que dibujaban formas recortadas sobre el azul o las que tejían una tupida red de macramé sobre nuestras cabezas. Tampoco había nubes. Los que valoraban lo sucedido se apresuraron a vaticinar que sin nubes no habría lluvia y que sin lluvia moriríamos víctimas de las tremendas sequías. Pero no fue así; aun sin nubes, había lluvia. La cortina de agua emanaba de la cúpula negra sin que pudiéramos precisar de dónde provenía con exactitud. Era como si el agua cayera desde millones y millones de quilómetros de distancia. Así; nos quedó la lluvia y el sol. Y todo lo demás nos fue arrebatado. Desde entonces vivimos más despacio y menos felices, como si hubieran derribado parte del decorado sobre el que sucedían nuestras vidas. Los que lo vivimos, nos reunimos para recordarlo. Y a las generaciones que llegaron después les explicamos cómo era el cielo turquesa de alguna primavera, cómo se tatuaba la luna sobre la bahía o qué era una estrella fugaz. Les decimos que cuando veías una, podías pedir un deseo. Y que de pedirlo hoy, con seguridad pediríamos que nos devolvieran el cielo.