oscilar...
Se veía reflejado en la sonrisa oscilante de los perros, en las bolas de granizo y en las plumas húmedas de las aves que no se recogen hasta entrada la noche. Un nicho vacío, o un reloj estropeado. Oscilaba en la imperfección de las calles adoquinadas, balanceos incontrolados que no llegaban a derribarlo. Contenía a menudo las ganas de llorar, oprimiendo su pecho y desatando en fuertes inhalaciones el lazo que se creaba en los callejones de su estómago. Esta es la vida, pensaba. Y estos son sus efectos secundarios. Ni un perfecto regalo ni un exagerado tormento. Algo tibio y neutral, con sus subidas pronunciadas y sus bajadas vertiginosas. Una llanura salpicada por grandes cimas y profundos abismos. En ocasiones alzaba el vuelo. Y en un planear sosegado, contemplaba la distribución de todas las criaturas. En esos viajes, aparcando por momentos un caminar angustioso, descubría la armonía que habitaba inactiva dentro de su cabeza. Y, sin duda, la agradecía. Agradecía cada instante de placidez como se agradece todo aquello que no tenemos cuando queremos. Esos respiros le servirían para capear naufragios posteriores, sabiendo que en algún lugar de sí mismo descansaba el aire que le impediría ahogarse. Era un tira y afloja, una partida intensa destinada siempre a cerrase en tablas. Por ello, incluso en los momentos en los que acariciaba la victoria, o en aquellos en los que la derrota parecía inevitable, seguía tranquilo, sabedor de que pronto volvería el equilibrio. Era como el violento doblegarse de las espigas, que vuelven a levantar la cabeza pasada la tormenta. Como la presión circunstancial de los cuerpos sumergidos. Así, se veía reflejado en las causas itinerantes. En el fogonazo inicial de un amor, en la calma tras la herida previa al intenso dolor, en el impás del atardecer, cuando todo se difumina. Como ya dijeron, uno es uno y sus circunstancias. De verlo así, no había un solo motivo más por el que inquietarse. Seguirían las rampas y los desniveles. Seguiría la hiperventilación de los días de júbilo y la penosa asfixia de las jornadas inclementes. Madrugadas dulces y amargas pero al fin y al cabo madrugadas, despertares, páginas en blanco. Vivir era oscilar. Sólo era cuestión de acostumbrarse.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home