siempre hay algo que contar...

viernes, abril 21, 2006

vanidad...

En primer lugar Lucía, que trabaja como cajera en una gran superficie comercial. Es hermosa, muy hermosa, lo sabe y vive aferrada a esa presunción y al castigo continuo de la vanidad. Vive del rédito constante de mostrarse y sentirse deseada. Esa es su naturaleza, más fuerte que ella y más fuerte que su voluntad. En su historia está Pedro, que vende cupones en la entrada del mismo hipermercado. Cada mañana entablan dulces conversaciones. Se les cambia la cara y el gesto al tenerse cerca, e incluso les da rabia el suplicio del inicio de la jornada, momento en el que se separan y cada uno acude a su puesto de trabajo. Pedro es amable, joven y atractivo. Y es ciego. Lucía lo adora y él se muestra encantado con ella. Y aun habiendo establecido un vínculo real más allá de la amistad, no podrá existir nada entre ellos.

Después está Antonio, afable octogenario, que acude cada mañana a realizar su compra en el hiper que abrieron hace un año al final de la calle. Es esta, día a día, su única conexión con el mundo real. Sólo compra lo indispensable para aquella jornada, sabedor que así tendrá un motivo para volver la mañana siguiente. En ocasiones llega incluso antes de que abran las puertas. Y observa como Pedro y Lucía se saludan con aquel exceso de afectuosidad. Compra su boleto, cada día, y dedica unos minutos a hablar con Pedro. Y al pagar, tras su prolongado paseo entre góndolas y pasillos, se detiene con parsimonia para hablar con Lucía. Se acumule más o menos cola, siempre espera en su caja para que le atienda ella. Las demás cajeras lo saben y ya no intentan llamarle.

Antonio es consciente de la conexión creada entre Pedro y Lucía. No entiende lo que están haciendo, no entiende a qué esperan para decirse a la cara lo que obviamente sienten el uno por el otro. Él sabe lo que es perder un amor real, y lo daría todo por volver a tener el tiempo que ellos están desperdiciando. Una mañana, acude decidido a interceder por el bien de aquellas dos criaturas. Al hablar con Lucía, entiende, petrificado, el absurdo e injusto escenario que los mantendrá distantes.

¿Puedo preguntarte una cosa? - dice Antonio mientras ella le ayuda a colocar su compra en una bolsa.

Claro - responde ella.

Me he dado cuenta de que tú y Pedro… - el anciano habla despacio, con cautela.

Para! Por favor, no sigas – los ojos de Lucía se enrojecen de repente y su voz se vuelve temblorosa – Es imposible. Pedro y yo… es imposible.

¿Por qué? – pregunta Antonio inocente y desorientado ante la reacción de la joven.

Pues porque… Porque no concibo enamorarme de alguien que jamás podrá mirarme.

Antonio se queda helado. Mira a la joven, toma su bolsa y desaparece a través del pasillo.

Lucía tiembla de la rabia que siente hacia sí misma. Y sigue, en sus adentros, justificando aquel ingrato argumento. - Porque él no necesita a una mujer hermosa y yo necesito a un hombre que de gracias a Dios por tenerme cada vez que me admira. Porque esa es mi ventaja ante las demás mujeres. Porque no he obtenido este don para entregárselo a alguien que no pueda apreciarlo-.

Así de triste pero así de tremendo al fin y al cabo.