siempre hay algo que contar...

miércoles, abril 05, 2006

somos imperfectos...

Una niña juega en el parque. Un hombre camina, lentísimo, al compás de su muleta. Una ciudad se borra y dibuja cada mañana. Miles de celdas habitadas por el profundo réquiem de nuestra especie. Un perro olfatea lo que asoma de la basura. Un hombre revuelve, una a una, las papeleras de la plaza. Sopla el viento que llena de arena los ojos y las cabezas. Estamos ciegos. Somos extremadamente vulnerables. Y no lo sabemos, hasta que ya es tarde. Siempre quisimos ser infalibles, colosos, eternos o supranaturales. Y no somos nada. Nada que un perdigón, o un mal día, o un patinazo inoportuno no pueda derribar y destruir en un instante. No somos mucho más que la espuma de una ola, que avanza y desaparece, durante un siglo o un segundo, según dicten las corrientes. Somos enfermizos en nuestras más básicas debilidades. Nos guía la persuasión de metas absurdas, amontonadas sobre el olvido de las metas anteriores. De noche, la penas, nos acosan como insectos que llegan para posarse. Nos rodean, e intimidan, y exprimen de tal manera que ponen a cero el contador de toda ilusión y de todo compromiso. Poseemos tanto para acabar suplicando por nuestra simple supervivencia. Sin aspavientos, sin grandes méritos ni grandes anhelos de posteridad. Suplicamos, retorciendo entre las manos la almohada agria de la angustia, por un poco de paz. Todo. Lo daríamos todo, en ocasiones, por un instante de paz. Pero somos tan absurdos que después nos olvidamos. Superada, toda tortura, queda sumida en el ostracismo de las tareas ingratas. Y con ella, enterramos aquello que en ella prometimos. Llega la bonanza y volvemos a ser los mismos líquenes de superficie que cayeron en desgracia. Sin opción a enmendar futuras represalias. No aprendemos. No sabemos. No queremos. No nos lo merecemos. Un corazón se para. Un marinero emprende su camino. Una mujer llora en el muelle. Simplemente, somos imperfectos. ¿Quién sabe qué nos desmorona?