siempre hay algo que contar...

miércoles, abril 19, 2006

sacudida...

El horizonte hizo ademán de moverse, pero se quedó quieto. Había sido sólo una ligera sacudida, de las que se sucedían en su cabeza habiéndose convertido en un rutinario martillazo en las sienes. Cuando sucedía, cerraba los ojos y presionaba sobre los laterales de la frente con la base del pulgar y la yema del corazón. En pocos segundos todo pasaba y volvía la normalidad que tanto agradecía. Quizá en una de esas, pensaba, el dolor se volvería tan intenso que quedaría ahí, tirado en cualquier parte, retorciéndose, sin nadie que lo socorriera. El dolor le llevaba a doblegarse y a hablar solo, con rabia, en un intento por convencer a quien fuera que sostuviera la vara de aquellos latigazos de que cesara y lo dejara en paz. Por algo similar, pensaba sonriente al recuperar la sensatez, en la Edad Media te debían quemar vivo por endemoniado. Y desde luego, su tortura, nada tenía que ver con posesiones satánicas sino con algo mucho más terrenal o clínico que no alcanzaba a determinar. Creía en la teoría de que nuestro cerebro es como una pequeña olla exprés, en el que a veces un exceso de condensación nos lleva a la necesidad de soltar lastre. De ser así, a eso se debían sus breves pero intensas cefaleas. A procesos de selección y desecho de todo aquello que hervía continuamente en su cabeza. Recordaba otras etapas similares y por ello especulaba con que debía ser algo cíclico, como casi todo en la vida. Cuando se acumulaban demasiadas cosas a cocinar, la olla se saturaba. Era lógico y, quería pensar, normal. Toda maquinaria necesita reposar de vez en cuando y su cabeza llevaba demasiado tiempo sin hacerlo. Empezaría por reorganizar su salón de preocupaciones por el que sin duda merodeaban muchas de forma infundada e ilegítima. Después abriría un proceso de tregua consigo mismo. Una etapa en la que relativizar todo aquello con lo que constantemente chocaba. Un modesto pero sanador cambio de valores en el que la estabilidad, la paz, emergiera y prevaleciera sobre todos los demás. Descansar para después emprender con más fuerza la batalla. O cesar para, simplemente, abandonar la mayoría de las luchas improductivas. Ya vería.
Con el horizonte en su sitio y la cabeza restablecida, bebió un trago de agua, miró al frente y siguió su camino entre las rocas.