Copen...
La ciudad es pequeña, lo suficiente como para recorrerla sin dificultad en alguna de las bicicletas gratuitas que puedes encontrar en plazas y calles destacadas. A modo de carrito de supermercado, introduces una moneda, te llevas la bici y la devuelves en cualquier punto de la urbe recuperando tu simbólica inversión. Como buen estado monárquico, se paga y cobra en coronas por lo que al principio cada desembolso se convierte en una proeza numérica de conversiones a euros y pesetas. Los canales confieren ese carácter romántico y bucólico de los lugares tan acogedores como misteriosos. La hilera de fachadas pequeñas y clónicas de colorines que se reflejan en ellos confieren la idea de un mundo de juguete. Cientos de personas se sientan cada tarde en Nyhavn, con sus pies colgando sobre el canal, para charlar y beber cerveza. Dos son los estandartes nacionales en forma de riquísima cebada líquida: Tuborg y Carlsberg. A cualquier hora y en cualquier lugar, la gente pasea con su botes y botellas en la mano: en el tren, en el paso cebra, en la bici… Junto a la estación central se levanta una fortaleza que hace las veces de corazón de la ciudad. El Tivoli es a la vez un enorme parque de atracciones y un impresionante centro social y de ocio repleto de restaurantes, bares, escenarios y hermosos recovecos florales y ajardinados. Jóvenes y mayores deambulan por su perímetro como si media ciudad se pusiera de acuerdo para encontrarse cada atardecer. El país se divide en la enorme península de Jutlandia y dos grandes islas: Junen y Selandia. En esta última se encuentra la capital. Y como pequeña es la ciudad, pequeño es su principal reclamo. Como una joya, en la orilla del mar, resguardada y flanqueada por la imponente nueva opera y las aguas pausadas que oxigenan el gran canal. Ahí reposa, sobre su roca, la hermosa mujer pez. Es del tamaño real que poseería, de existir, un ser así. Joven y sumamente bonita, se deja hacer por la maraña de turistas obligados a posar junto a ella. Al sureste de la ciudad, en el distrito de Christians-Havn, se encuentra Christiania. Sin duda, un lugar único en el mundo. En los años 70, en pleno movimiento hippie, éstos buscaron un lugar en el que establecer un estado, una especie de paraíso en el que desarrollar sus libertades y su modo de vida. Así nació Christiania, una especie de ciudad bohemia convertida, muy a su pesar, en atractivo turístico. Pero aun así, mantiene su filosofía e idiosincrasia, sus caminos de tierra poblados por casas abigarradas en las que alguien trabaja su jardín, o pinta, o escribe, o cría animales, o, simplemente, descansa mientras degusta un smorrebrod.
En definitiva, la ciudad no es tan seria como la esperábamos. Ni tan sosa, ni tan limpia, ni tan fría, ni tan cuadriculada. Vetustos edificios, palacios, calles adoquinadas, carriles bici, puentes e innumerables plazas hacen de ella un lugar acogedor, hermoso y en el que da la impresión que resulta agradable vivir.

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