siempre hay algo que contar...

jueves, abril 14, 2005

vidas en la arena...

La arena dibuja cualquier figura que, abstracta a los ojos, adopta en el corazón la forma y el contenido que el volar de la imaginación desee obtener. La arena adopta cualquier contorno, menos el tuyo. Quizá tu límite sea el único que no puedo trazar revolviendo entre conchas y restos de mundos que ya han desparecido. La espuma se acerca y vaticina que todo lo que hemos recorrido puede llenarse de agua y, en un instante, desaparecer. Nunca te he esperado en la orilla pues es allí, precisamente, donde no quiero encontrarte. La orilla no es, ni fue, ni será nuestra. Es el margen en el que se disputan las horas los que llegan y los que se van. La arena cubre lo que el mundo quiere esconder y el mar destapa lo que no debió cubrirse. Y, despacio, se lo lleva. Allí donde nadie pueda volver a enterrarlo. El mar es el vehículo y la arena es la lanzadera que nos impulsa hacía cotas que no hemos tenido el valor de alcanzar. No hace falta encontrarle un sentido, basta con dejarse llevar. Las manos hundidas en la pequeña materia que la historia ha acumulado. El sol calienta esa materia y, por un instante, es capaz de revivirla. Y así, nuestros dedos, recorren la vida que muchos dejaron enterrada. Si sabemos, podemos extraer de la arena las historias que han ido a morir a cada orilla. Cerrando los ojos, podemos vislumbrar porciones de universo. Lapsos de tiempo que algunos creerán perdidos para siempre pero que sólo descansan, en la arena, esperando a que el mar se los lleve. No puedo, con mis yemas recorriendo cada pequeña duna hasta sumergirme en ella, evocar tu figura. Pero si puedo revelar caras, nombres y palabras que un día fueron pilares en los que se apoyaron otros. Sentirlos. Sedimentos de un pasado que reposa. Así lo abstracto conquista todo significado. Cada huella que el mar arrastró hacia sí, dejó una marca que no adivinaremos con los ojos, pero sí con las manos, cuando menos lo esperemos. Por eso, sé que tu límite descansa en cualquiera de las mantas amarillas que cubren mi litoral. Esperando, sin más, a que llegue una ola, y se lo lleve con ella.