siempre hay algo que contar...

martes, enero 24, 2006

llevame hasta ella...

La vi marcharse, reflejándose en el anverso de los semáforos, como las palabras que cabalgan, y rebotan, y patinan, en las franjas brillantes de los pasos de cebra. Tuve tiempo de despedirme de su espalda, del hueso que surgía sutil de su cuello y del sonido breve de sus pequeños tacones. Menguaba, disipada entre humo y autobuses públicos sonrojados por lo inoportuno de su circular. No se si dobló la esquina o duplicó la distancia hasta evaporarse en un horizonte sumamente cuadriculado. Seguí caminando, sin caminar, y respirando sin respirar, mecido por las corrientes curvas de los adoquines. Pensé en seguirla, en ocultarme agazapado tras las cortinas de su sombra. Pensé en detenerla, en informarla de lo improbable de una devoción similar. Pero sólo reuní valor para derrumbarme. Se hizo de noche y me senté en el trono urbano y sucio de un portal. Los gatos tomaron la calle maullando en burlas su nombre por las aceras. “¿Qué hacéis?”, les dije. “No tenéis ni idea”. Se fueron acercando, entre la curiosidad y la amenaza. “¿Qué haríais vosotros si os quitaran la luna? ¿Qué haríais sin agua? ¿Qué haríais sin tejados? Malditas alimañas, ¿qué haríais vosotros si os quedarais sin nada?” Entonces lloré. Lloré el rocío acumulado durante todas las mañanas de mi vida. Lloré sangre, y sal, y minúsculos diamantes, y el miedo negro y líquido de la desolación. Lloré hasta que ya no veía nada. Ellos me rodearon. Lamieron mis lágrimas y limpiaron mis ojos y mi cara. “Espera aquí”, me dijeron. Y se marcharon, veloces, en todas direcciones. Vi como rastreaban, como recorrían cada rincón de mi entonces absurda ciudad. Vi como hablaban entre ellos, como corrían, como volaban sobre los sombreros de las casas inertes. A lo lejos, vi a uno, negro y pequeño, galopando hacia mi como si en ello le fuera la vida. Llegó exhausto. Se acercó, trepó por mi regazo y pegó su frente contra la mía. Entonces sucedió. En sus ojos, a través de sus sesgadas pupilas, pude verla con claridad. Estaba dormida. Él la había encontrado, la había registrado en su mirada y me la había traído. Tomé a aquel diminuto felino entre los brazos, lo abracé, lo besé, le di las gracias y le pedí un último favor; “Llévame hasta ella”.