cartas bajo las piedras...
Bajo las piedras del desierto, se repartían escorpiones y cartas de amor. Dependía de la suerte, y de la intuición, toparse con una u otra sorpresa. Si tocaba carta, eras afortunado. Te arroparías entre las dunas para leerla con comodidad, saborearías cada una de aquellas palabras escogidas con mimo para despertar el entusiasmo tus sentidos. Y, además, entre sus líneas, de ser perspicaz, hallarías la forma de escapar de aquella árida llanura. Un mensaje encriptado que sólo una lectura sincera y entregada de aquellos párrafos te permitiría descubrir. Para los corazones puros, sería tarea sencilla. En cambio, si tocaba escorpión, debías ser veloz al retirar la mano. El escorpión negro tardaba menos de un segundo en picar, y aunque el ataque no solía ser mortal, sí podría llegar a serlo de no encontrar un médico a tiempo. En primer lugar, se sentía un intenso dolor en el punto afectado. Acto seguido, la zona sufría una importante hinchazón. Y poco después aparecía los efectos generales. Éstos eran los realmente peligrosos; temblores, vértigo, dolor de cabeza, sudoración, hipo y alteraciones respiratorias. Enfermo y sin pistas, el desafortunado debería buscar por sí solo una pronta salida del desierto. Muchos murieron en el intento, víctimas de la deshidratación o de un inoportuno paro cardíaco. Desde el centro de control, nunca entendimos que se les dejara morir, allí, varios metros por encima de nuestras cabezas. Pero así era el juego. Los organizadores mantenían que participar era voluntario y, por tanto, no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Entonces, ¿por qué participaban aquellas personas?, arriesgando sus ilusiones y su futuro. Lo hacían por las cartas. El efecto de las cartas sobre los que habían regresado era lo que cautivaba a tanta gente. Según decían, las cartas eran de una intensidad tan conmovedora que cambiaba la perspectiva de todo aquél que las leyeran. Y era cierto. En sus caras podías ver que se convertían en personas diferentes, dotadas de luz, y paz, y una envidiable armonía. Eso era lo que todos perseguían; la promesa de cambiar, de ser feliz, así, de la noche a la mañana. Venía a ser como aquellos programas antiguos que ofrecían fama o enormes sumas de dinero. Pero todos sabían que ni la notoriedad ni el capital garantizaban la felicidad. En cambio, las cartas sí. Las cartas eran infalibles. Un antídoto contra todo aquello que tortura nuestras almas. Algunos, justo después de leer aquellas cuartillas, cerraban los ojos y caminaban directos hacía uno de los nueve túneles de salida camuflados en la arena. Era como si algo en su interior los guiara. Los médicos, la prensa, todos en general, interrogábamos a los afortunados sobre los mecanismos sicológicos que podían provocar semejante fenómeno. Pero ellos no sabían qué responder. Nadie recordaba ni una sola palabra de aquellas cartas.
Cuando cesaron las ayudas y el programa fue desmantelado, las cartas se destruyeron. Hubo innumerables peticiones, presiones políticas y elevadísimas ofertas económicas para hacerse con ellas. Pero los organizadores las incineraron allí mismo, ante nuestra atónita mirada. Dijeron que eso también era parte del juego. Muerto el juego, muertas las cartas. Así lo entendían ellos. Para poder cambiar, había que arriesgarse.

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